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Birmania

Birmania

Si hay un país que conserva menos alterado el espíritu del sudeste asiático, ése es sin duda Birmania. Su aislamiento del exterior también le preservó del paso del tiempo, y sus habitantes todavía se acercan curiosos para hablar contigo sin esperar obtener nada a cambio. Pero una vez empezado el camino del «progreso» queda por ver cuánto tiempo conservará su inocencia. De momento, como para ponerse al día, ha tomado el nombre moderno de Myanmar.

Viajar por tierra te permite ver los cambios poco a poco. Pero el gobierno birmano no te deja otra opción, y te obliga a llegar en avión, así que, en un paréntesis de ida y vuelta, volví a aparecer en un aeropuerto, encontrándome con todos los cambios de un país a otro de repente. Al llegar a Rangún te sientes en un lugar muy diferente. Primero te encuentras raro con pantalones. Todo el mundo lleva su longyi, y cada uno marca su estilo en la forma de anudárselo. Las mujeres se cubren la cara y brazos con tanaka, una crema vegetal que usan para cuidarse la piel y protegerla del sol, pero que da un aspecto de carnaval al vecindario. Entonces miras los autobuses del siglo pasado, con la gente colgada de las puertas, y con los rótulos escritos con secuencias de circulitos unidos, y te das cuenta de que estás en un lugar único. Pero si tengo que elegir qué es lo que más me impresionó, elegiría la gente. A pesar de la barrera del idioma, la hospitalidad y el buen corazón con los que fui tratado dejan escaso cualquier adjetivo que use.

Los tenderetes de las aceras de Rangún se montan y desmontan rápidamente conforme la policía se acerca. Sólo los vendedores de betel permanecen inmutables, preparando la mezcla con cal que pacientemente esperan los clientes. Los barrios hindúes traen el recuerdo del pasado colonial inglés y la oportunidad de comer un buen curry. En el lago Kandawgi hay un precioso restaurante que evoca a la barcaza real en el que te puedes dar el pequeño lujo de sentirte parte de la realeza por unos instantes, y degustar la fuerte salsa Ngapi birmana.

Si hubiera que ponerle un apellido al país, sin duda sería el país de las pagodas. Hay más que bares en España. Entre todas, Shwedagon destaca inigualable. El “hti” en la punta de la pagoda tiene varios miles de diamantes y piedras preciosas, pues como me decía un paisano, mejor que estén allá arriba, porque si están abajo provocan malos sentimientos. La parte dorada está recubierta con ocho mil placas de oro que en tiempos recubrían las pagodas de Ayuttaya en Tailandia, pero que, por cosas de las guerra acabaron aquí. Varias decenas de diversas construcciones rellenan el recinto, pero sin duda el paisaje humano es lo que la hace única. Gente venida de todos los rincones del país inicia una especie de peregrinación alrededor de la cúpula, bautizando pequeñas estatuas de budas en las esquinas, mientras otros meditan, pagan para liberar pájaros o hacen sus ofrendas de incienso. La actividad no cesa aunque caiga la noche.

La estación de tren de Rangún no ha cambiado desde la época inglesa. El tren a Mandalay, puede que tampoco. Los vagones de madera no tenían cristales en las ventanas, y un par de tristes bombillas les daban un aspecto más lúgubre todavía. Uno de ellos estaba repleto de monjes esparcidos por el suelo, intentando dormir, dando una imagen que perfectamente podría ser de hace cien años. Al otro lado de la ventana del vagón restaurante la noche estaba cerrada. De vez en cuando, la luz de algunas velas indicaba que pasábamos por algún pueblo, para volver enseguida a la oscuridad total, sólo rota por algunas chispas que venían de la cocina. Al acercarme a indagar, vi como mi cena era preparada sobre un fuego en el suelo de la, llamémosle, «cocina».

Acabé de cenar justo antes de que pasáramos por una zona llena de insectos. Atraídos por las únicas luces de los alrededores, se colaron en el tren sin pagar como una plaga bíblica, haciendo imposible el intentar dormir. Para acabar de hacer especial este trayecto en tren, cuando finalmente se fueron los insectos, el vagón empezó a dar saltos en medio de una recta. Cuando creía que estábamos apunto de descarrilar, busqué la mirada de algún otro pasajero para ver qué se podía hacer. Una ojeada alrededor me reveló que el resto del vagón se abandonaba a los brazos de Morfeo, de lo que quise deducir que, simplemente, estaríamos atravesando una zona de baches, la primera de mi vida yendo en tren.

Mandalay es la antigua capital del país y, todavía hoy, es una bulliciosa ciudad en la que un carillón con los sonidos del Big Ben marca las horas. Fuera del centro más bien parece un gran pueblo en el que abandonarte a paseos sin rumbo. En cada monasterio los bonzos se acercan para practicar su inglés y curiosear sobre tu país. En el precioso Shwe In Bin Kyaung, construido con madera de teca, la conversación no me cuadraba con las cabezas afeitadas de los monjes y sus túnicas granates. ¡Eran fans de Britney Spears! Bueno, más de sus atractivos que de su voz. Y es que en Birmania todos los varones pasan un periodo de su vida, que suele ser de tres meses, en monasterios. Ya decía aquél que el hábito no hace al monje.

Otra forma de recorrer la ciudad es en motocarro. Cuando nuestro conductor empezó a detenerse para visitar talleres de marionetas, de talla de budas o similares, mi mal pensado subconsciente creía que estaba buscando la comisión de las posibles ventas. La sorpresa fue grata al ver que no sólo no importaba que no compráramos, sino que fuimos obsequiados con pequeños detalles en algunos. Qué delicia de gente.

Entre las pagodas, Mahamuni Paya llama la atención por su buda. Las ofrendas de fino pan de oro durante generaciones han hecho que sus volúmenes se asemejen a los de los cuadros de Rubens. Para terminar el día, la colina de Mandalay ofrece una vista excepcional de la llanura bajo la puesta de sol. Las murallas del fuerte marcan el centro de lo que de otra manera parecería un gran parque. La penitencia son los cientos de escaleras que hay que subir descalzo, esquivando los escupitajos de betel.

Al otro lado del río Ayeyarwadi se intuye la antigua ciudad de Mingun, que tiene la campana más grande del mundo. Un plácido paseo en barca te acerca a los restos de la pagoda para la que fue construida, pero que nunca llegó a terminarse pues un terremoto inoportuno resquebrajó el grandioso basamento. En la orilla unos bueyes arando te recuerdan el carácter agrícola del país. Otros han dejado el arado y se dedican a pasear en el carro a los turistas, que buscan la sombra del toldo para huir del calor más que otra cosa. De todo se harta uno, así que cansado de tanta pagoda, esta vez me la pasé jugando al mikado con los niños que venían a venderme varas de incienso de colores.

Al sur de Mandalay está Amarapura, que supongo que tendrá también sus pagodas. Yo no pasé del puente de U´Bein. Las orillas del lago Taungthaman se unen gracias a los mil doscientos metros de un sencillo puente de madera, que cobra vida con el trasiego continuo de sus vecinos. Monjes, ciclistas, pescadores, pastores de patos y turistas crean un espectáculo humano único que hace que el tiempo pase sin darse cuenta, embobado con mil pequeños detalles y conversaciones inverosímiles. Al ponerse el sol, los pivotes reflejándose en el lago hacen las delicias del aficionado a la fotografía, mientras las barcas regresan a casa recortando la estela del sol.

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