Carreteras de Camboya
Sólo 250 kilómetros separan Saigon de Phnom Penh, pero el tiempo que vas a tardar nadie lo sabe. Al llegar a la frontera vietnamita no hay fila que valga, y el inmutable funcionario va avanzando sin estrés por los pasaportes que se amontonan caóticamente en la ventanilla. Haber llegado antes te da el privilegio de empujar el tuyo hacia la zona de donde cogió el último, pero hablar el idioma siempre es más útil. Así, los únicos que no conseguíamos sellar el pasaporte éramos los extranjeros, que nos refugiábamos del calor asfixiante junto al único ventilador del cubículo.
Al cruzar por fin al lado camboyano entras nuevamente en zona de «idioma gracioso», donde las letras son trazos circulares irreconocibles para nuestros ojos y vuelves a sentirte perdido con los carteles. Los trámites aquí son más rápidos, pero el problema es que el bus que te tiene que llevar a Phnom Penh no tiene hora fija de salida, así que a esperar a que llegue. Hay quien dice que es una táctica comercial de la zona, que consiste en salir tarde para retrasar lo más posible la llegada al destino, de manera que el autobús te deja en medio de la noche, en la puerta de un hotel cómplice, con lo que acabas quedándote allí.
Tras tres horas de espera, y después de que cambiaran el agua del radiador, por fin nos ponemos en marcha para empezar a sentir el país. Y ciertamente que lo notas, pues no paras de botar. Vaya sufrimiento de carreteras. No me extraña que haya gente que prefiera emplear dos días y hacer el trayecto en bote. En los pocos tramos donde podías relajarte y mirar por la ventana, el paisaje, acompañado por la luz del atardecer, era impresionante y único. Una llanura inacabable de campos de arroz, como un mar verde claro en el que emergía el verde oscuro de las palmeras a modo de islotes de náufrago. Y de tanto en tanto, el reflejo del sol sobre el agua que rebosaba entre los arrozales. Me acordaba de las marionetas de agua de Hanoi. Cuando las vi, todavía no era consciente de lo ligadas que están en estos países la vida y el agua.
A pesar de que el Mekong nutra el país, la participación en la Guerra de Vietnam y, posteriormente, la época de los Jemeres Rojos, supusieron un salto atrás que aún le lastra. Camboya es el país más pobre de la zona, y lo notas en cada aldea que atraviesas. Hasta los típicos sombreros cónicos los llevan rotos. Las viviendas son chozas construídas sobre altos pivotes, con pasarelas que las comunican con la carretera, que también está elevada para poder ser utilizada en la época lluviosa cuando todo se inunda. Las paredes y techo son de palma trenzada, y un carro tosco de grandes ruedas de madera suele descansar bajo el abrigo de la casa.
Al caer la noche la oscuridad te rodea totalmente. De vez en cuando, el brillo del candil de carburo iluminando un puestecillo callejero te saca del atontamiento. Al fijarte, adivinas casas por la luz de las velas en los pequeños templos que tienen a la entrada. Y de repente, una habitación iluminada por el resplandor de la pantalla de televisión te confirma que estás pasando una aldea. Sólo al acercarte a Phnom Penh hay luces en la calle. Y eso sucedió once horas después de haber salido de Saigon. Como era de esperar, el autobús acabó parándose dentro de un hotel en una zona alejada, así que acabé quedándome a pasar la noche allí, a pesar de que al abrir la puerta de la habitación un excremento de rata en la cama me diera la bienvenida. Acabas acostumbrándote a verlas correr.
Phnom Penh no era más que una parada en ruta hacia Angkor, y después del palizón del día anterior resultó que el hotel no fue una mala elección. Buena comida, DVD con películas modernas, una terraza con hamacas sobre el lago Boeng Kak, y una puesta de sol multicolor era todo lo que necesitaba para reponer fuerzas para la siguiente etapa. Pero quería darme una vuelta por el centro a ver que quedaba de los edificios coloniales. Me encontré con una multitud de estudiantes vestidos con sus uniformes y con un derroche de fotos del rey y banderas del país. Todo para que el monarca se diera un baño de multitudes en el 50 aniversario de la independencia, que justamente se celebraba ese día, y que impidió que pudiera ver el Palacio Real.
De entre las cosas a visitar me llamó la atención el complejo de edificios de la Pagoda de Plata. El nombre viene de los cuatro mil y pico cuadrados de plata, de un kilo cada uno, que embaldosan el suelo. Allí está el buda esmeralda presidiendo desde lo alto de una especie de altar. El complejo parece una copia en pequeño del de Bangkok, pero con muchos menos turistas. Incluso hay unas interesantes réplicas de casas khmer, incluidos los carros debajo, que aunque no pintan mucho con el resto de edificios, agradeces que estén allí mismo para no tener que ir de un lado a otro de la caótica ciudad.
Estuve dudando si quedarme más, pues se oían cosas interesantes de la vida nocturna, y también visitar los famosos Campos de la Muerte, pero recordando el cuerpo que se me quedó cuando visité Austwich, decidí tirar para el oeste. Además no hace falta ir a ningún sitio para recordar el pasado. Simplemente un vistazo a la gente en un mercado te muestra que el problema de las minas todavía existe en un país que vive de la agricultura, y te trae a la memoria las atrocidades del desgraciadamente famoso Pol Pot.
Cabía la opción de seguir en barco y no botar, pero el presupuesto decidió que volviera a escoger el autobús y, la que hasta el momento ha sido la peor carretera del viaje, aunque increíblemente a veces aparecía un trozo ¡asfaltado y pintado!. Y por si fuera poco la carretera, a los extranjeros nos asignaron los asientos de atrás, donde los botes todavía se notan más. El pasillo iba ocupado por gente sentada en sillas de plástico, y perdí la cuenta de las veces que paramos. En una de ellas vendían tarántula frita, muy crujiente y exótica, pero nada del otro mundo. Tras 10 horas, a una media de 30 km/h, llegábamos por fin a Siem Reap, la antesala de Angkor, la antigua capital de los Khemer.