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Te-ika-a-maui. La isla norte de Nueva Zelanda

Playa de Catedral cove

Te-ika-a-maui. La isla norte de Nueva Zelanda

Uno de los atractivos de viajar por Nueva Zelanda es que en unos pocos kilómetros el paisaje puede variar mucho, con lo que siempre hay cosas nuevas. En la isla norte le toca el turno a los volcanes, a la fruta kiwi, y a la presencia humana. Tras muchos kilómetros con muy poco tráfico, en la isla norte se nota que en el país vive gente, y que al conducir son muy impacientes con los vehículos lentos, pegándose a la parte trasera del vehículo. Como si con eso se pudieran subir las cuestas más deprisa.

Puerto de Ohihemutu, Rotorua

Puerto de Ohihemutu, Rotorua

Wellington nos recibió de noche, con viento y lluvia, haciendo honor a su merecida fama. Es la ciudad más ventosa del hemisferio sur. A pesar de ello parece agradable para vivir si se aprovechan los días de cielo azul que de vez en cuando le tocan, y se lleva con tranquilidad el vivir en una zona sísmica. Al pasear por el centro de la ciudad se ven los carteles que indican dónde llegaba la orilla en 1840 antes de que un terremoto levantara la tierra y mandara el mar unos cientos  de metros para atrás.

Escultura de Marae en Rotorua

Escultura de Marae en Rotorua

El museo Te Papa de Wellington es una curiosa amalgama de cosas expuestas sin orden aparente, con temática mezclada, sin recorrido aconsejado, en las que tienes que investigar para sacar algo en  claro. A mí me interesaba la cultura Maorí, que conforme se avanza hacia el norte del país va ganando protagonismo. Parece ser que los primeros colonizadores polinesios vinieron de la Polinesia Francesa (Raiatea) en la canoa Tai-nui, pilotada por Hoturoa, no hace más de 1000 años. Pese a que los ingleses hicieron lo de siempre con los tratados firmados con los nativos, no acabaron con ellos y la tradición maorí se nota viva todavía, a pesar de que hayan cambiado sus antiguos dioses por el cristianismo.

Detalle de canoa en Rotorua

Detalle de canoa en Rotorua

La leyenda maorí del volcán Taranaki es la que más me gusta de las que oí. Según cuenta, los volcanes eran una tribu más que vivía en armonía en el centro de la isla. Pero el volcán Taranaki se enamoró (hay otra versión que dice que fue pillado en fuera de juego) de una hermosa volcán, Pihanga, que resultaba ser la compañera del poderoso volcán Tongariro. Para evitar males mayores Taranaki se fue triste a vivir lejos, hasta la costa, dejando en su marcha un gran surco, el valle de Wanganui. Desde su soledad, majestuoso sobre la llanura, tapa su rostro habitualmente bajo nubes de lágrimas.

Tongariro

Tongariro

No pude llegar a las faldas del Taranaki, pero sí recorrí el valle de Wanganui, que en los tiempos del transporte fluvial con vapores era una de las principales rutas al interior. La construcción de la carretera por otro lado dejo sus pueblos anclados en el tiempo, y hoy al recorrerlo te transportas al pasado, a la vez que se pueden visitar maraes (terrenos ceremoniales maorís) antiguos todavía en uso. Aguas arriba llegas a la zona donde todavía se encuentran los volcanes Tongariro y compañía, para delicia de los amantes de las caminatas. El paisaje es único, casi  lunar, con colores esmeralda de los lagos frente al rojo de un antiguo cráter. Y desde las faldas del Mt Ngauruhoe (Mordor para los amantes de LOTR) pude ver la elegante silueta del Taranaki observando en la distancia.

Vista del valle Wanganui

Vista del valle Wanganui

Siguiendo al norte se llega al lago Taupo, rodeado de volcanes, y que marca el comienzo de la zona de actividad geotérmica. El lodo burbujeante con gas, las emanaciones de vapores pestilentes, los geiseres y las aguas termales son los reclamos turísticos que abundan por la zona hasta Rotorua. Para los viajeros de bajo presupuesto como el que escribe, en  el parque Kuiran de Rotorua se pueden ver gratis. ¡Vaya sitio para vivir! El olor a sulfuro de hidrógeno te acompaña allá donde vayas, y en el barrio maorí de Ohinemutu el humo sale hasta de las alcantarillas. Merece la pena acercarse hasta aquí para ver las vistas del lago desde la iglesia de la Santa Fe, decorada con motivos maorís en el interior, junto a unas coloridas casas del marae local.

pannorama de whakatane

pannorama de whakatane

Más al norte los volcanes se pierden en el mar, convirtiéndose en islas que se alejan de la costa, alguna de ellas todavía humeante y activa. La mejor vista se tiene cerca de Whakatane, desde el antiguo poblado fortificado maorí de Kohi. Allí se levanta un tótem centenario, y junto a él han plantado una antena de telefonía móvil, tótem de la  modernidad que rompe el misticismo del lugar. En el pueblito de Opotiki la presencia maorí es impactante. Todo el mundo va descalzo por la calle y los rasgos de la gente son étnicos. Incluso llegué a ver un moko (tatuaje en la cara). La antigua tienda del pueblo la han convertido en museo, y a ella van a parar todos los cachivaches viejos que estorban en las casas, y que se pueden ver a través de los antiguos escaparates.

Fruta kiwi

Fruta kiwi

En las cercanías de Manganui por fin llegaron las grandes plantaciones de kiwis, que para mi sorpresa no son árboles, sino una planta trepadora. La nueva ley neozelandesa prohíbe la acampada libre a no ser que la autocaravana sea capaz de retener todas las aguas residuales. Como no era nuestro caso, tocó pasar la noche en un campin para temporeros del kiwi, que en su gran mayoría eran mujeres de las islas salomón. Y resulta que la famosa fruta no es originaria de Nueva Zelanda. Es del Himalaya chino, y hasta no hace mucho se le conocía como “fruta china” en el país. Vamos, que la fruta que creía neozelandesa por excelencia es china, la recogen isleñas del pacífico, la clasifican según calidades mochileros de todo el mundo, y se da la paradoja de que los kiwis que compré en las tiendas locales eran de origen italiano, gran competidor, y origen del virus que está afectando a las plantaciones locales y puede acabar con la fruta que tomó el nombre del animal emblema del país.

Playa con piscinas termales

Playa con piscinas termales

La península de Coromandel es otro cambio en el  paisaje. El terreno se arruga y da lugar a acantilados y playas preciosos, como la zona de Catedral Cave. La conducción fue divertida pues esos días se celebraba en Whangamata el festival de coches de los años 50 y 60, y la carretera era un continuo ir y venir de piezas de museo. El propio pueblo de Coromandel es una joya de edificios de época, ajeno al paso del tiempo y que parece todavía a medio terminar. Junto a playas de postal se levantan pueblos anónimos con casas para envidiar. Una de ellas, llamada Hot Beach, tiene la particularidad de que en la marea baja se pueden excavar pozas en la arena que retengan el agua caliente que brota, y que permite disfrutar de un spa natural junto al mar.

Playa de Catedral cove

Playa de Catedral cove

Todo parecía que iba rodado para llegar a Auckland y terminar el viaje para dar el salto a Fiji. Pero como la entrada al país no había sido fácil, la salida no podía ser menos. Se acercaba un ciclón a Fiji y se estaban cancelando los vuelos. Empezó el stress pensando si cancelarían el nuestro, pues teníamos la necesidad de llegar porque nuestro siguiente vuelo salía de allí. Cuando empezamos a ver las imágenes de Nadi inundada y la gente subida a los techos de los coches rodeada de agua, la preocupación se centró en qué íbamos a hacer allí nosotros. Ya se sabe cómo son los noticieros: que si faltan alimentos y agua potable, que si se van a producir epidemias… Por si fuera poco, cuando en el aeropuerto finalmente cancelaron el vuelo, la compañía no se hacía cargo de ningún pasajero al ser cancelación por desastre natural.

Panorama de Piha Beach

Panorama de Piha Beach

No quedaba otra que buscarse la vida en Auckland, sin caravana donde dormir y sin saber cuánto tiempo tocaría esperar a que un día nos encontraran asiento en los vuelos que volvieran a volar a Fiji, al que nos tocaba llegar en menos de una semana para coger el siguiente vuelo. La angustia de la espera se alivió porque Caro y Hervé llegaron a Auckland y poniéndonos al día de nuestros viajes desde que nos conocimos en Birmania, nos olvidábamos de la que teníamos encima. Con ellos visitamos la ciudad y las relajantes playas de Piha y Karekare, famosa por ser el escenario de la película “El piano”.

Playa de Karekare, escenario de la película el piano

Playa de Karekare, escenario de la película el piano

Cuando por fin nos dieron fecha para volar, cuatro días más tarde de lo previsto, Auckland me parecía una ciudad ideal para vivir. Es un crisol multicultural, llena de asiáticos e isleños, a la que muchos consideran la capital no oficial del Pacífico. Tiene unas bahías preciosas en las que se puede navegar sin peligros, playas y vida, cargada de energía. Tocaba despedirse de las antípodas, pero ahora ya no serán un lugar misterioso que descubrir, sino paisajes maravillosos y gente encantadora, como Kathryn y Mark, que hicieron esta parte del viaje inolvidable.

Playa de Piha

Playa de Piha

Lagos esmeralda en Tongariro NP

Lagos esmeralda en Tongariro NP

Barrio de Ohihemutu, en Rotorua

Barrio de Ohihemutu, en Rotorua

Volcan Ngauruhoe

Volcan Ngauruhoe

 

 

 

 

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