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En Patagonia

Cuernos del Paine

En Patagonia

La carretera que recorre Chile de norte a sur queda interrumpida por la geografía difícil de la Patagonia. La única forma de llegar por tierra a la punta sur de Chile es cruzar los Andes para seguir bajando por Argentina, y luego volver a salir al Pacífico. De esa manera una importante extensión de territorio queda alejada del tránsito humano y se ha protegido con la creación de varios parques naturales. Es una zona de naturaleza salvaje, fiordos interminables, y glaciares que llegan hasta el mar.

Amaneciendo en los canales de Patagonia

Amaneciendo en los canales de Patagonia

El ferry Evangelistas conecta Puerto Mont con Puerto Natales atravesando los canales patagónicos durante 3 días. De esta manera uno puede asomarse a esta región inhóspita, donde la única presencia humana se limita a alguna aldea de pescadores y a las granjas de salmones con sus casas flotantes. El frío echó a Adriana para atrás y decidió quedarse en latitudes más cálidas, mientras yo me embarcaba al sur con Marcel y Carole, los amigos franceses con los que veníamos compartiendo las últimas semanas de viaje.

Navegando en Patagonia

Navegando en Patagonia

El cielo azul que nos había acompañado en Chiloé dio paso a un cielo gris nada más zarpar, para convertirse en lluvia al día siguiente. Aun con todo, el mar no estaba muy revuelto, y el único trozo de la travesía a mar abierto, en el golfo de Penas, fue soportable. La historia del nombre es curiosa, pues era el golfo de Peñas, pero al mandar imprimir las cartas náuticas a Inglaterra, como allí no tenían la letra ñ, quedo rebautizado a Penas para la eternidad.

Amanecer en Patagonia

Amanecer en Patagonia

La única parada del recorrido es Puerto Edén, una pequeña aldea de pescadores en uno de los lugares más remotos del país. A partir de ahí la lluvia paró y las nubes levantaron un poco, haciendo aparecer un paisaje majestuoso. Los animales se hicieron más visibles y los paseos por cubierta estaban acompañados por leones marinos, delfines árticos, albatros, cormoranes, y el gracioso pato a vapor, que no puede volar y se ayuda de las alas para nadar más deprisa. Me quedé con las ganas de ver en la orilla alguna de las tres especies de marsupiales que en las charlas formativas del barco nos contaron que habitaban aquí. No todos están en Australia.

Llegando a Puerto Natales

Llegando a Puerto Natales

Al ser temporada baja, el barco no se acerca hasta los glaciares. Tampoco es época de ballenas. Pero el amanecer del último día compensó por todo. La angostura White, con sólo 80 metros es el punto más estrecho de la travesía, y por las corrientes que se generan sólo se puede pasar de día. El capitán esperó al amanecer y nos avisó por megafonía. Al subir a cubierta las nubes habían desaparecido completamente descubriendo un cielo azul que comenzaba a iluminarse con los primeros rayos del sol. Las cumbres que delimitaban los fiordos estaban nevadas y el frío era intenso. No importaba. Una media sonrisa de felicidad me asomaba en la cara, unida a la extraña sensación de estar en uno de los lugares más remotos que había visitado en mi vida.

Glaciar Grey

Glaciar Grey

Unas horas más tarde llegábamos a Puerto Natales. El otoño había enrojecido los bosques del fiordo por el que entrábamos, y las cumbres blancas contrastaban con el azul intenso del cielo. Chocaba encontrarse con tantas casas juntas después de días rodeados por la naturaleza. Una de las cosas que me sorprendió al desembarcar fue la cantidad de perros callejeros que vagaban por la ciudad en pandillas. Tantos, que conocí a dos canadienses que habían venido por tres meses con Veterinarios sin Fronteras a estudiar su comportamiento. Como dijo aquel, hay gente pa´ todo.

Puerto Natales

Puerto Natales

En aquellas fechas en esas latitudes el día era corto, y la vida no se hacía presente en la ciudad hasta pasadas las 10. Sólo una pareja de mormones se animaban a recorrer las calles, aunque por primera vez no iban en manga corta. A las 2 de la tarde todavía estaban helados los charcos. Con este panorama no me animé a quedarme a dormir en el parque Torres del Paine, y me limité a visitar los miradores. Por suerte las nubes me respetaron y disfruté contemplando los Cuernos del Paine, las Torres y el glaciar Grey, con la compañía de guanacos, ñandúes y cóndores.

Salto del río Paine

Salto del río Paine

Siguiendo ruta, el paisaje camino al estrecho de Magallanes me recordaba a Nueva Zelanda. Pastos ocres y arbustos amarillos entre los que pastaban tranquilas las ovejas y alguna casa colorida de vez en cuando. El sol no llegaba a vencer a las nubes y la luz llegaba tamizada, tristona. Casi que se veía el frío y la humedad. Y de repente volvió la civilización. Punta Arenas apareció de la nada como debía aparecer a los navegantes que se aventuraban a cruzar por el estrecho de Magallanes. Era una ciudad crecida al amparo del puerto de aprovisionamiento más al sur, el punto a partir del cual se iniciaba el retorno a latitudes más cálidas.

Cormoranes en el estrecho de Magallanes

Cormoranes en el estrecho de Magallanes

No siempre fue así. Hasta mitad del siglo XIX era territorio indígena, y ninguna potencia parecía tener interés por esta región inhóspita. Sólo el tráfico transoceánico hizo crecer el primitivo asentamiento chileno, que con el tiempo acabó convertido en una ciudad internacional, tal y como se puede ver al leer las tumbas del cementerio, dividido en zonas por nacionalidades, y que hoy es uno de los reclamos turísticos de la ciudad. El nombre mismo de la ciudad tiene que ver nuevamente con las cartas de navegación inglesas, donde aparecía como Sandy Point, de donde derivó el actual Punta Arenas.

Porvenir

Porvenir

Cuando el transporte frigorífico de carne se hizo posible empezó la etapa de las grandes estancias de ganado, y con ellas los conflictos con los indígenas. Los estancieros, ingleses en su mayoría, pagaban hasta comienzos del siglo XX una libra esterlina por las orejas de los indios, lo que aceleró su aniquilación. Hoy sólo se pueden ver los indígenas en fotos en los museos, donde sorprende ver a los selk´nams medio desnudos a pesar de la temperatura. Dicen que viajaban siempre con fuego para calentarse, y por eso Magallanes al atravesar la zona por primera vez la bautizó Tierra de Fuego, al ver la cantidad de fogatas que iluminaban la noche.

Colonia de Pingüinos Rey

Colonia de Pingüinos Rey

Los pingüinos que durante el verano se juntan por miles en varios islotes, en el otoño austral ya se habían ido del estrecho de Magallanes. Pero en la remota bahía Inútil, ya en Tierra de Fuego, había llegado una colonia de pingüinos rey, de la familia del emperador, y no quería irme de aquí sin ver pingüinos. Para llegar allí hubo que cruzar el estrecho hasta la población de Porvenir, un pequeño enclave que parece todavía a medio construir, con sus casas coloridas esparcidas por una colina. Más allá empezaba un paisaje duro, sin árboles, batido por un viento constante, en el que no existe transporte público. Los únicos habitantes son pastores a caballo de las estancias que acompañan el ganado en la zona más remota del sur de América.

Ovejas en Tierra del Fuego

Ovejas en Tierra del Fuego

Hubo que contratar un transporte, pero la visión de los pingüinos compensó el sacrificio de llegar hasta allí. Pasé la noche en Cerro Sombrero, un conjunto de casas que da servicio a los pozos de petróleo de la zona, y me puse a hacer autoestop en el cruce que llevaba a Ushuaia, pensando que en un lugar tan remoto sería fácil que parara alguien. Una pequeña caseta servía de refugio al viento incansable, y una manzana a medio comer de algún viajero que pasó por aquí indicaba que la temperatura no suele subir de cero grados. Un ciclista se acercó luchando contra el viento. ¿Quién se puede animar a pedalear por estas latitudes? Pues un checo que hace un año se montó en la bici en Alaska y ahora estaba a punto de culminar su odisea. ¡Eso es una aventura!

pedaleando por Tierra del Fuego

pedaleando por Tierra del Fuego

Tras tres horas de espera infructuosa un autobús paró y accedió a llevarme, aunque en la frontera hubo que hacer como que venía en autostop, puesto que no podían recoger pasajeros en ruta. En el lado argentino del puesto fronterizo de San Sebastián me dio la bienvenida una solitaria estación de YPF (la gasolina cuesta la mitad que en Chile, aunque el bus cueste el doble) junto al Océano Atlántico, de un color gris acero que transmitía frío. Finalmente llegaba a Ushuaia de noche, y el olor de asado que inundaba la ciudad me indicó cómo darme un homenaje tras llegar al punto más al sur del viaje.

Ushuaia y el canal del Beagle

Ushuaia y el canal del Beagle

Al día siguiente amaneció azul y subí al glacial Marcial para disfrutar de las vistas del canal del Beagle y la ciudad. Las cumbres nevadas indicaban la dirección de las islas del mítico cabo de Hornos. Pero doblarlo en estas fechas era misión imposible, por lo que no podré agujerarme la oreja en este viaje. Al día siguiente amaneció nevando. Quería haber ido al parque del fin del mundo, donde quería dejar las botas que ya habían dado sus últimos pasos, pero no paró de nevar en todo el día. Ushuaia era como un finisterrae, el fin de un camino que en diversas etapas había recorrido a lo largo de toda América desde Vancouver. Ahora tocaba volver a Buenos Aires a rencontrarme con Adriana, y soñar cómo completar el trozo que me falta hasta Alaska. Pero eso tocará en otro viaje.

Pastor en Tierra del Fuego

Pastor en Tierra del Fuego

Cuernos del Paine

Cuernos del Paine

Pingüinos Rey

Pingüinos Rey

1 Comment

  • Juani Lafaja

    Otro nuevo exterminio de indígenas, en este caso poco conocido y divulgado.
    Me hubiera gustado que pudiéramos seguir viendo las fogatas en la noche
    Besos desde España con “ñ”

    10 junio, 2012 at 8:25 am

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