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Chios, ¿dónde está esta maravilla?

esgrafiado en Pyrgi

Chios, ¿dónde está esta maravilla?

Apartada de los circuitos turísticos habituales, Chios mantiene su esencia isleña inalterada. Los paisanos se reúnen en las plazas a charlar, ajenos al reloj, y las ancianas, todavía tocadas con pañuelos, guardan rigurosamente el luto como si se tratara de una película del pasado. Los pueblos que los genoveses  fortificaron para controlar el comercio de la almáciga, son una sorpresa añadida a las playas, todavía vírgenes.

Pyrgi

Pyrgi

El ferry de Mykonos atracó en el puerto de Chios cuando las luces del alba despuntaban sobre las colinas de la vecina Turquía. Dos continentes, dos países que se miran con recelo separados por apenas siete kilómetros de mar, en una frontera que ha estado bailando de este a oeste desde que se empezó a escribir la historia. El último episodio sangriento lo inmortalizó Delacroix en su famoso cuadro tras las matanzas de 1822, en la guerra de independencia griega, que supuso la muerte de más de 22000 isleños.

Cementerio turco en Kastro

Cementerio turco en Kastro

Callejeando por la “ciudad” de Chios se pueden descubrir todavía edificios de los tiempos en los que la Sublime Puerta  dictaba las normas en la isla. Antiguas mezquitas convertidas en museos, baños turcos ya restaurados, casas de balcones de madera esperando rehabilitación y cementerios otomanos de lápidas coronadas con turbantes salpican los rincones de Kastro, el barrio que creció intramuros de las murallas genovesas.

Puerta de entrada del castillo veneciano Chios

Puerta de entrada del castillo veneciano Chios

Los genoveses habían puesto sus ojos en la isla en el siglo XIV por su importancia en el comercio de la almáciga, también llamada mástique. La producción de esta resina del lentisco, utilizada como predecesor del chicle, se da muy bien en el sur de Chios, y su importancia económica permitió a la zona un esplendor que todavía puede verse en la decoración de las casas de Pirgy. Esta autosuficiencia hizo que los isleños permanecieran ajenos al desarrollo turístico vinculado a las playas que ha desbordado otras islas del Egeo, y hoy permite disfrutar de rincones llenos de encanto casi en soledad.

almaciga, resina del lentisco

almaciga, resina del lentisco

Antes de llegar desconocía casi todo de la isla. Tras una noche de retzina y raki en una taberna del Pireo, Matina y Zacarias me convencieron de que cambiara Samos por Chios en mi camino a Efeso. La idea era pasar un par de días visitando la zona de cultivo de la almáciga antes de continuar hacia Turquía. La escasísima frecuencia de autobuses hizo que me decidiera por alquilar un coche y eso me permitió descubrir esta joya oculta a los grandes operadores turísticos. Hay que venir antes de que sea tarde 😉

esgrafiado en Pyrgi

esgrafiado en Pyrgi

El dinero de la almáciga debía correr a lo grande en Pirgy, una de las aldeas que controlaban su cultivo. Todas las casas tienen las fachadas con decoraciones geométricas de esgrafiado y al recorrerlo te parece estar en un sitio irreal, que no te deja indiferente. Es el lugar del mundo con mayor concentración de esta decoración, pero no tiene ningún sitio para comer hasta las cinco de la tarde, al menos fuera de temporada. Menos mal que fui en coche y en la vecina Mesta pude encontrar “el sitio” con la mejor ensalada griega que he comido.

callejon de Pyrgi

callejon de Pyrgi

Encontrar alojamiento barato tampoco fue fácil. La mayoría todavía no habían abierto y la lectura de carteles en griego no es mi fuerte. Por suerte muchos isleños han sido marineros o capitanes en su juventud (la mayor parte de los armadores más importante de Grecia vienen de la islita de Oinousses en el norte de Chios), así que en cada momento de dificultad de comunicación siempre acabé encontrando un personaje con arrugas marcadas por el mar que, en perfecto español latinoamericano, me ayudó a resolver los problemas. La necesidad de relación en las escalas sudamericanas convirtió a los isleños en políglotas, y no son pocos los que acabaron trayendo a su esposa desde el otro lado del Atlántico.

Mesta

Mesta

El pueblito de Mesta está anclado en el tiempo. Sus casas centenarias de piedra se elevan  en un laberinto de pasadizos y arcos, encerradas en una muralla de la que en tiempos (y en los grabados) sobresalía su torre defensiva. En 1868, cuando se acabó el peligro la demolieron y en su lugar levantaron la iglesia Taxiarchis, encajonada entre las casas, pero según dicen aquí, la más grande del país. Las señoras locales siguen aferradas a la tradición y no abandonan el pañuelo a la cabeza ni el luto negro cuando toca. Parece un viaje al pasado.

viviendo entre dos siglos

viviendo entre dos siglos

Visitar Anavatos es encontrarte con la historia frente a frente. Como la mayoría de las poblaciones de la isla, está situado a una prudencial distancia de la costa y colgado de la montaña, para evitar los ataques piratas. Sólo el enclave ya lo hace atractivo, pero los hechos que sucedieron en la guerra de independencia son los que atraen a los turistas. Sus habitantes decidieron suicidarse antes que convertirse en prisioneros de los turcos y se arrojaron por el precipicio que delimita la parte occidental del pueblo. Desde entonces está abandonado y al recorrer sus calles uno puede imaginarse los gritos del momento fatal. Transmite un poco la misma sensación que Pompeya, salvando la escala.

Anavatos Chios

Anavatos Chios

Chios es la quinta isla más grande del Egeo y su geografía es bastante montañosa. Las carreteras juegan a acariciarla con incontables curvas si te sales de la vía principal y están salpicadas de pequeñas construcciones a modo de templetes para recordar a los que murieron en accidente. En su interior hay fotos y una lámpara permanentemente encendida. Si alguien pasara y la viera apagada, pararía a rellenarla con la botella de aceite que siempre está lista, aunque no sea familiar del fallecido. Las tradiciones todavía perduran aquí.

Elata Chios

Elata Chios

Las moles calcáreas cobijan preciosas playas salvajes que están esperándote únicamente a ti (al menos fuera del verano) y que no están asediadas por construcciones a su alrededor. Mis preferidas fueron Mavra Volia, con cantos negros redondeados por siglos de choque con la espuma blanca, y la playa del castello, en mitad de la costa oeste, coronada por una de las torres de vigilancia que recorrían la costa para avisar de los ataques piratas.

Playa del castello Chios

Playa del castello Chios

Si se quiere contacto con otros humanos, a mí me encantó Nagos, pequeña y tranquila, como de juguete, pero con posibilidad de alojamiento y comida, al menos en temporada. Y para pasar unos días me decidiría por Langada. Las casas blancas envuelven la bahía y unos pocos cafés y tabernas animan el puerto, donde las barcas van y vienen antes de refugiarse ordenadamente en el río. El visitante no interfiere demasiado en la vida local y e puede escuchar cómo los pescadores apalean los pulpos antes de dejarlos secar al sol.

Langada en Chios

Langada en Chios

En la parte norte de la isla las torres no bastaban y la amplia llanura de cultivos hizo necesaria la construcción del castillo de Volissos, con una situación envidiable y unas vistas espectaculares. El pequeño pueblo de Pitios conserva un castillo magníficamente restaurado que protegía el acceso al interior de la isla por su angosto valle, dejando patente lo inestable que era la seguridad de los isleños en el pasado. Hoy es la crisis económica la que los amenaza y ya se están lanzando a por las divisas del turista. Hay que visitarla antes de que la devore el turismo en masa, porque tiene todos los encantos para que acabe llegando.

Nagos en Chios

Nagos en Chios

 

Playa Mavra Volia

Playa Mavra Volia

 

Plaza de Mesta

Plaza de Mesta

Iglesia Taxiarchis en Mesta

Iglesia Taxiarchis en Mesta

Pueblos en lo alto en Chios

Pueblos en lo alto en Chios

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