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Cerrando el círculo. Llegando a casa.

Invierno en mi tierra, por fin

Cerrando el círculo. Llegando a casa.

No es fácil cerrar un viaje como el que he narrado a través de este blog. De hecho han pasado ya varios meses desde que aterricé en Madrid y todavía siento que no he acabado de cerrarlo. Ahora estoy sentado delante del ordenador para intentar con estas líneas cerrar al menos el último capítulo del blog, recordando sensaciones sepultadas por la cotidianidad de la vida sedentaria.

En casa, same same but different

En casa, same same but different

La sucesión de acontecimientos hicieron que la vuelta fuera rara. En el aeropuerto de Bogotá algo despertó las sospechas de los encargados de la máquina de rayos y fui llamado a revisar la maleta en presencia de la policía. No es que me pusiera nervioso, pero mis pensamientos no estaban en saborear pausadamente que iba a embarcar en el vuelo que pondría fin a la vuelta al mundo. Siempre cabía la posibilidad de que alguien hubiera metido algo más en mi maleta y me llevara una sorpresa. Por suerte fueron las bolsas del rico café de Colombia las que saltaron las alarmas, confundiendo lo negro con lo blanco.

Andes sobre las nubes

Andes sobre las nubes

Tras una magnífica vista  de las cumbres andinas navegando sobre una capa de nubes, aterrizamos en Lima, donde el vuelo hacía escala. Aprovechamos para salir del aeropuerto a tomar el último ceviche y visitar el barrio del Callao, con el Real de Felipe protegiendo el puerto por el que tantos tesoros embarcaron hacia Europa. Al volver me senté delante de la puerta de embarque, ya cansado, y dejé correr por mi cabeza las sensaciones. Tras coger ese avión llegaría a España. Se terminaba el sábado eterno en el que llevaba 13 meses. Pero una tormenta tropical en el golfo de México había obligado a cancelar vuelos, y había overbooking en el nuestro, así que nos tocó quedarnos en Lima alojados en un hotel de cinco estrellas con gastos pagados a esperar un día más.

En el Melia de Lima

En el Melia de Lima

Curiosa manera de terminar una vuelta al mundo de bajo presupuesto. Al menos llegaríamos a casa descansados y limpios tras un baño relajante en una bañera gigantesca. Hasta tenía un menú impreso de almohadas para elegir la más adecuada a mi nivel de cansancio. Y si había perdido algún kilito en el viaje por tanto ir de un lado para otro con menús espartanos, el buffet del hotel se encargo de disimularlo un poco. Eso sí, hay una cosa que no entiendo de los hoteles de lujo. Durante nuestra estancia en Perú nos habíamos estado alojando en habitaciones que costaban menos que el desayuno de una persona en este hotel, y casi todos ofrecían wifi gratis. Con los precios que tienen aquí las cosas, la wifi, además, es de pago. ¿Alguien lo entiende?

Quien dijo albergue

Quien dijo albergue

Al día siguiente se repitió la historia del overbooking, pero aprovechamos para cambiar de hotel, por aquello de conocer. En todo el viaje habíamos dormido en cuatro hoteles buenos, y tres de ellos fueron gracias a las compañías aéreas. La cuarta, en Kuala Lumpur, cortesía de Meliá. Aunque la gente que se conoce en estos sitios tiene otro perfil que la de los hostales mochileros, si alguna vez el dinero me lo permite, darse un descanso como dios manda a mitad de viaje no tiene precio.

Boda en Lima

Boda en Lima

Una de las despedidas que más me costó al partir de Zaragoza fue la de mi abuela. Pensaba que a sus 98 años no la iba a volver a ver, pero había superado de nuevo el invierno y contaba los días para mi regreso. Y tanto los contaba, que la noche que tenía que haber llegado se rompió la cadera, así que tuve que dejar la vida glamurosa del pasajero de overbooking y embarcarme en el siguiente avión. Cuando me despertaron para desayunar la costa portuguesa aparecía recortándose al Océano. Llegaba a Europa de nuevo. Pero Barajas me dejó indiferente. Un aeropuerto más. El autobús camino de Zaragoza me pareció una cosa cotidiana, aunque mucho más limpio y silencioso que los de Sudamérica, que siempre van con la música a tope. Y las 4 horas de trayecto, el recorrido rutinario de cualquier día en ruta. Parecía que seguía de viaje.

Menu de almohadas

Menu de almohadas

No fue hasta llegar a la parada que se hace a mitad de camino cuando todo cambió. Fue un instante, una suma de sensaciones en medio segundo, pero ahora puedo decir que ése fue el momento en que fui consciente de que había terminado el viaje. Salía del bus con sus cristales tintados y noté una luz especial en esa tarde del primer día de septiembre. Al poner el pie en tierra la brisa me trajo un olor conocido. Ese olor a monte incrustado en lo profundo de mi cerebro desde mi infancia en Calanda. Ese olor a monte de secano. Entonces noté que había vuelto a casa.

En Zaragoza, 405 dias despues

En Zaragoza, 405 dias despues

Los primeros días en Zaragoza fueron raros. De readaptación a la vida sedentaria, pasando los ratos libres en el hospital, y volviendo a ponerme el chip de profesor. Hacía cosas raras. Sacaba la mano al autobús en mitad de la calle pensando que me iba a parar. Me fijaba en cosas tontas que antes no veía. Nunca había reparado en la cantidad de carricoches con niños que van por las calles, y valoré el que aquí tuviéramos aceras en las que se pudieran usar. O el hecho de que aquí podamos abrir un grifo y que salga agua 24 horas al día, y que además sea potable. Eso es un lujo al alcance de un pequeño porcentaje de la población mundial.

Compro oro

Compro oro

También noté los efectos de la crisis en la calle, con esa imagen desoladora de infinidad de locales vacíos. Sólo hay un negocio que prospera. Un negocio que ya era habitual en países que viven en crisis perpetua, y que ha florecido aquí en cada esquina, el de la compra de oro. Pero no quiero hablar de cosas tristes. Quiero despedirme de esta aventura en positivo, animando a la gente a que viaje, a que salga a ver el mundo. No es tan caro como uno piensa y es muy enriquecedor.

Zaragoza tiene cercanias

Zaragoza tiene cercanias

 

Y me gustaría dar las gracias a las personas anónimas que nos ayudaron durante estos 405 días de viaje. Los que nos cogieron en autostop, los que nos alojaron en sus casas, los que compartieron comida o bebida con nosotros, los que se desviaron de su camino por ayudar a una pareja de desconocidos… Nos cuentan con insistencia que pasan cosas malas en el mundo, pero se olvidan de decirnos en las noticias que la mayoría de la gente en el mundo es buena gente.

 

Invierno en mi tierra, por fin

Invierno en mi tierra, por fin

 

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