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Xavier High School: mi isla en la isla

Xavier High School: mi isla en la isla

En el primer paseo por las instalaciones me llamó la atención el edificio principal. Puertas y ventanas de acero. Muros gruesos de hormigón armado. No parecía la forma isleña de protegerse del calor, ni el formato ideal de colegio. Se trataba de un antiguo centro japonés de radiocomunicaciones de la segunda guerra mundial. En 1953 los jesuitas establecieron aquí el primer colegio secundario de la zona, y desde entonces se ha convertido en el “Harvard” (así lo llaman en algún periódico) de la región; recibiendo alumnos de toda Micronesia.

La situación del colegio es envidiable, y ya los alemanes habían construido una capilla en esta colina llamada Mapuchi, antes de que los japoneses cambiaran la forma de comunicarse con los cielos por la sofisticación de las ondas. Al estar en uno de los salientes de la isla, tiene vista al océano por dos lados, lo que desde el tejado proporciona una de las mejores vistas del lagoon, especialmente en las puestas de sol. Incluso al embajador estadounidense en Micronesia no le importó el estado del camino hasta aquí y, cosas del azar, le tocó al españolito acompañarle en la visita. Cuando al acabar se metió en el cochazo negro, yo estaba agotado mentalmente. Por fin pude sacarme de la boca la palabra Irak que muchas veces había tenido en la punta de la lengua, tras hablar tanto rato de la guerra con Japón.

Las viejas fotografías en blanco y negro muestran los tiempos en que clases, comedor, capilla y dormitorio estaban en el edificio japonés. Eran los tiempos en que los actuales líderes del país estudiaban aquí, como se puede leer en las orlas sin fotos pintadas en las paredes. Los jesuitas vestían túnicas blancas hasta los pies, y sólo había chicos.

De esa época sólo quedan las hormigas, que son el verdadero peligro. Devoran TODO, y una de las primeras cosas, al levantarte, es verificar que la temible línea roja no está cruzando tu habitación. Cuando la luz del cuarto deja de funcionar es porque cientos de cuerpecitos rojos se han electrocutado al intentar comer el cable. Y hace unos meses destrozaron un portátil. Nuestras habitaciones parecen escenas de investigación de algún crimen, con círculos de tiza antihormiga alrededor de objetos preciados o agujeros sospechosos en la pared.

Para atemperar tanta testosterona, ahora ya hay chicas, con sus melenas negras interminables y sus flores en la oreja, aunque viven con familias de la isla. Los dormitorios están en un edificio nuevo, y la mayoría de las clases son construcciones modernas de una planta a la sombra de los árboles tropicales. Desde casi todas ellas se puede ver el mar a través de la ventana, con lo que a veces soy yo, el profesor en vez del alumno, el que se va de viaje mental mirando el infinito.

El principio no fue fácil. Llegaba con el curso empezado, a un mundo del que no conocía nada. No sabía si los sonidos que parecían nombres se referían a alumnos, a islas de los alrededores, o a los barrios de la propia isla. El primer paso fue aprenderme los nombres de mis compañeros: jesuitas de USA, Fiji, Timor oriental e Indonesia; voluntarios de USA, Yap y Australia; filipinos y chukeses. Luego familiarizarme con los lugares. Con el tiempo empecé a localizar en el mapa todos esos nuevos estados que aumentaban el número de países en la ONU. Las islas del Pacífico pasaban de ser un conjunto de nombres exóticos a convertirse en gentes, lugares junto a otros lugares, historias y leyendas, y sobre todo, otra forma de entender la vida. Parecía un niño pequeño descubriendo el mundo por primera vez. Y mi mayor sorpresa fue enterarme que los descubridores de las islas de Micronesia habíamos sido los españoles.

También era la primera vez que daba clases en un internado. Son 24 horas cruzándote con las mismas caras. Sólo dejando las instalaciones tienes la sensación de disfrutar de tiempo libre, pero para eso debes conseguir transporte, pues estamos en un extremo de la isla. Y cuando, tras media hora dando botes en el pick-up llegas al supuesto centro, no hay ni cafetería para sentarte a ver pasar el mundo. Por tanto, paso la mayor parte del tiempo en el campus, ajeno a lo que pasa fuera de aquí. Es como estar en una isla dentro de otra isla, como ser un náufrago en una isla con gente. A veces en alguna habitación polvorienta encuentras tesoros; ejemplares del Nacional Geographic de los años treinta, seguramente restos de algún naufragio anterior al mío.

Sólo aquí puede dejar de sorprenderte hacer cosas como leer el Pacific News que, a pesar de llegar con una semana de retraso, igualmente hojeas, junto con revistas de hace varios meses que en casa nunca abrirías. El dominio «.fm» del país está buscado por las emisoras de radio de medio mundo, pero la emisora del estado no emite desde hace unos meses. La única relación con el mundo es media hora de radio exterior de España, que un día sintonice por casualidad, y sólo si la ionosfera se muestra favorable.

Tenía que adaptarme al sistema americano de trabajo mezclado con el ritmo del Pacífico. Cada hora, tanto los alumnos como los profesores cambian de aula al toque de una campana que aún sobrevive de los años 50. El horario semanal no es fijo, pues hay una plantilla de seis días que rota en los cinco lectivos. Así no te toca los viernes a última hora siempre la misma clase pero, por otro lado, tienes que estar siempre con el horario en la mano. Y lo más curioso. Al entrar en el aula, todo el mundo tiene que descalzarse. Desde que llegué a las repúblicas bálticas, descalzarse en las casas viene a ser la norma más que la excepción, y eso incluye también el Pacífico.

En Xavier la semana tiene dos días. El primero empieza el lunes, te mete en la dinámica escolar y dura hasta el viernes, y en el otro, para hacerlo parecer fin de semana, intentamos ver una película de video en una de las dos noches. Como cosa excepcional de navidades, alguien en USA mandó un envío de palomitas con miel en un bidón de 25 litros, con lo que, aunque no tengamos tomates ni lechugas, indicativo de que ha llegado algún barco al pueblo, tenemos el ambiente de cine. Otro día el director, P. Jim, llegó de Guam con un cargamento de 30 Big Macs para subir el ánimo del staff, pero acabaron en los estómagos de algunos alumnos osados que salieron de expedición nocturna por la cocina de los profesores. Para digerirlo, tuvieron tres días de suspensión de clases, con el correspondiente trabajo físico, ya fuera cortar troncos, segar el césped a machete, o derrumbar un viejo muro de hormigón armado.

El día antes de retomar las clases supe que iba a dar Biología, Español y ayudar en Ciencias Sociales. Por fin me iba a encontrar con los alumnos. Dos mundos tan diferentes, teniéndonos que relacionar en idiomas que nos son ajenos. Un profesor español diciendo las partes de la célula en inglés ante un grupo de chicos y chicas llegados de islas y que hablan seis idiomas distintos, a los que las vacuolas les son tan extrañas como a mí el abrir un coco. La situación a veces me sigue pareciendo cómica. Sin embargo, en clase de español, sus risas me indicaban que algunas de las palabras de sus idiomas isleños eran idénticas a las que ponía en la pizarra. No estamos, pues, tan lejos como parecía. Los tiempos en que fueron colonia española dejaron su huella.

Sus nombres eran otro reto. Al intentar pasar lista el primer día, no sabía dónde mirar ¿Será chico, será chica? ¿Cómo se leerá esto? Los alumnos no paraban de reír. Algunos nombres me hacían sonreír a mí, como D-last -el último- en el que los padres dejaron claro que la familia ya era lo bastante numerosa. Otros llevan los apellidos de los jefes que han escrito la historia de estas islas. Pero éso no importa aquí. Todo el mundo participa de las labores cotidianas sin distinción. Los chavales están organizados y ellos solos se encargan de infinidad de cosas que, de otro modo haría necesario el doble de personal.

Los chavales son los que hacen que Xavier High School no sea un colegio cualquiera. Cuando te cuentan cómo es el día a día en sus islas, cómo se siente la vida en estos minúsculos puntos en medio del océano. Cuando los ves jugar a baloncesto o voleibol sólo con chancletas, o subir a las palmeras a por cocos a la carrera, y colgarse boca abajo únicamente agarrados por los pies. Cuando ves que, a pesar de venir de diferentes países y hablar diferentes idiomas, han formado una familia en la que comparten sus pertenencias siguiendo la tradición isleña. O, cuando desde el tejado les veo construir sus cabañas con techo de palmera, mientras todo el cielo que me alcanza la vista se ha teñido de colores en un espectáculo difícil de explicar, entonces no puedo dejar de pensar que estoy en un lugar especial, en un momento irrepetible de mi vida.

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