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Te Waipounamu, la isla sur de Nueva Zelanda

Pingüino de ojos amarillos

Te Waipounamu, la isla sur de Nueva Zelanda

Casi no nos podemos ir de Christchurch. Al recoger la furgoneta fuimos a casa de Kathryn a cargar las maletas, y al hacer el segundo viaje con las bolsas nos encontramos con dos coches de policía rodeándola. Algún vecino les había llamado creyendo que estábamos robando en la casa. Aclarado el malentendido pudimos empezar por fin el periplo alrededor de la isla.

Ovejas en el salón de casa, Cardrona

Ovejas en el salón de casa, Cardrona

De los 4 millones de habitantes, apenas uno vive en la isla sur. La mayoría de su superficie es pasto para los 40 millones de ovejas (sí, sí, 10 por cada ciudadano) que tiene el país, compartido con las vacas, que tampoco son pocas. Curiosamente a pesar de ser un país exportador de leche, el precio en los supermercados  es carísimo. Es el producto que usan para fidelizar al cliente en gasolineras y grandes superficies con ofertas, que en elmejor de los casos lo dejarán en 2 € por litro.

Iglesia cerca de Picton

Iglesia cerca de Picton

En el sur del país el paisaje humano se diluye entre tanta naturaleza, y los asentamientos (no sé si a un grupo de varias casas se le puede llamar pueblo) pueden estar separados por casi 100 kilómetros, con lo que eso supone a la hora de aprovisionarse de víveres o gasolina. Algunos están todavía vivos y han crecido, aunque parezcan a medio terminar, con edificios de principios del siglo XX junto a construcciones modernas. Otros quedaron anclados en el tiempo cuando el motor económico que los impulsó se paró. La fiebre del oro dejó reliquias por los rincones más remotos de la isla, para sorpresa de los caminantes que se aventuran a perderse por allí.

Piedras de Moeraki

Piedras de Moeraki

La primera parada por la costa este fue Oamaru, con su ópera y casas victorianas que crecieron con la riqueza del comercio de su puerto, y que ahora luchan por no desaparecer al amparo del turismo, que viene atraído por sus colonias de pingüinos. Allí pude ver por fin mi primer pingüino en libertad, un hoiho (ojos amarillos) como el que sale en los billetes de 5 dólares. Más al sur están las piedras de Moeraki, unos bolos esféricos en mitad de la playa, que según la leyenda maorí eran las calabazas para transportar agua de una de las primeras canoas migratorias que naufragó.

Billetería de la estación de Dunedin

Billetería de la estación de Dunedin

Dunedin es de las ciudades que ha podido crecer y hoy es una bulliciosa ciudad universitaria, con un puerto natural privilegiado. Su estación de tren es uno de los mejores edificios victorianos del país, decorada con azulejos y vidrieras en el interior. Según el libro Guiness la calle más empinada del mundo también está aquí, con una pendiente del 19%, aunque cualquier carretera del país puede romper ese record. No conozco ningún país del mundo que tenga las carreteras construidas con tanta pendiente. Son la pesadilla de los conductores, pues en la subida toca ir en segunda, y en la bajada los frenos acaban con olor a quemado.

Catedral Cave, Catlins

Catedral Cave, Catlins

Me contaba Mark que la razón es que cuando se construyeron las carreteras, ya se había popularizado el uso del automóvil. La suave inclinación de los antiguos caminos para los carros tirados por bestias ya no era necesaria con la potencia de los motores de combustión. No contaban con que la forma más popular de hacer turismo en el futuro iba a ser la auto-caravana. Uno de cada dos vehículos con los que me crucé en la isla sur (y no es que haya mucho tráfico) era una sufrida caravana negociando las subidas y bajadas infernales. El emblema popular del país es la hoja de helecho negra. Si se tuviera que elegir uno para la isla sur, debería ser o la auto-caravana, o la oveja.

Playa Split Apple

Playa Split Apple

En Taiaroa heads, la punta de la península de Otago, es el único lugar de tierra firme en el que se pueden ver albatros. Su forma de volar y su envergadura son majestuosas. Es un lugar muy interesante. Si uno se asoma al acantilado sur de la punta, se encuentra con una colonia de cormoranes en el cortado. Y si mira abajo al agua, las algas de tres metros mecen sus melenas al son del oleaje con un ritmo hipnotizante. En el acantilado norte, que da al abrigo del puerto, está Pilot Beach, y allí acuden al atardecer los pingüinos azules (korora). Fue emocionante ver pasar junto a mis pies uno de estos curioso animalillos con su torpe caminar.

Estación de Dunedin

Estación de Dunedin

Siguiendo al sur llegamos a Catlins con un tiempo inusualmente soleado para disfrutar de una costa espectacular. Nugget Point y Catedral Cave son dos de los sitios más recomendados para dar un paseo, y Curio Bay el lugar para pasar la noche. A 100 metros hay un rompiente donde las rocas son árboles petrificados, al que al atardecer acuden pingüinos de ojos amarillos sin ningún tipo de recelo hacia los turistas que los observan embobados. El único pero fue que por la noche un ratoncillo se nos metió en la furgoneta y se pegó un festín con nuestra comida. Tras llegar a los 46º de latitud sur tocaba comenzar a subir y cambiar de costa.

Fiordo de Milford Sound

Fiordo de Milford Sound

Fiordland tiene una extensión similar a Aragón, pero una población de apenas 400 habitantes, en su mayoría concentrados en Te Amau y Milford Sound, los destinos turísticos a los que dan servicio. Es una región en la que llueve 7 de cada 10 días, muy remota, pero con unos paisajes apenas tocados por el hombre. El fiordo más accesible es Milford Sound, al que se llega tras cruzar los Alpes por una carretera preciosa, alternando montañas verticales con túneles vegetales cubiertos de musgo. Cuando al montar en el crucero comenzó a llover a mares, maldije mi mala suerte. Tantos kilómetros para no ver nada. Pero el chico alemán que trabajaba en la cafetería me hizo cambiar de impresión. Me dijo que tenía suerte, pues cuando llueve así es cuando se puede ver la maravilla de las miles de cascadas temporales que se forman. El agua no se retiene en las paredes rocosas, y cae hasta el mar poniendo mechones blancos a las montañas.

Queenstown

Queenstown

Para continuar por la costa oeste hay que regresar al interior y atravesar una zona de lagos preciosos (Wakatipu, Wanaka) al pie de las montañas. Queriendo romper con tanta tranquilidad, la ciudad de Queenstown se ha especializado en las actividades libera-adrenalina. Aquí se inventó el salto “bungy” desde las alturas agarrado por una goma elástica, y cada año surge alguna cosa nueva. Se atraviesa Cardrona, antiguo pueblo minero, del que sobreviven cuatro fotogénicas casas, y chimeneas de piedra en los prados, testigos de las antiguas casas de madera ya desaparecidas.

Mensajes en piedras en Bruce Bay

Mensajes en piedras en Bruce Bay

Al volver a cruzar los Alpes y coronar el puerto de Haast, los pastos ocres dan paso a una vegetación exuberante, reflejo de los 4000 litros por metro cuadrado que caen al año (más de3 veces lo que llueve en Londres). Pero ese día era soleado y el valle plano zigzagueaba entre paredes verticales coronadas por picos nevados hasta que apareció el mar bajo un intenso cielo azul. La playa de Bruce Bay recoge las emociones de los que hacen este paso escribiendo mensajes en diferentes idiomas sobre piedras blancas que se dejan junto a la playa. Nosotros no fuimos una excepción, deseando poder regresar a leerla en el futuro.

Glaciar Fox

Glaciar Fox

La diversidad de paisajes de este país no deja de sorprender. Poco más al norte los glaciares Fox y Franz Josef se abren paso hacia la costa desde las laderas blancas del Monte Tasman. Desde la llegada de los primeros colonos siempre han sido un llamativo atractivo turístico y las fotos tomadas en 1867 al Fox muestran al glaciar con un frente de 1 km de ancho, llegando mucho más abajo del lugar donde hoy está el aparcamiento. Una serie de fotos cada vez más recientes muestran cómo fue retrocediendo hasta el mínimo en 1980, con un recrecimiento hasta 1992.

Pankake Rocks, Punakaiki

Pankake Rocks, Punakaiki

Hokitika, uno de esos pueblos todavía a medio terminar, es uno de los lugares donde los maorís venían a buscar pounamu, la piedra verde (jade) que utilizan para sus rituales y utensilios, y que da el nombre a la isla sur. Allí pude disfrutar de los “glow worms” (gusanos que brillan). Estas peculiares larvas tejen trampas para cazar a los curiosos insectos que acuden a investigar la luz que emiten en medio de la oscuridad. En la salida del pueblo viven a cientos al abrigo de la humedad de una pequeña cascada, y por la noche ofrecen un espectáculo de puntos de luz de distintos colores que parece un planetario. De hecho al principio yo creía que eran las estrellas que se veían a través del follaje.

Playa Truman

Playa Truman

La costa entre Greymouth y Westport fue la que más me gustó. La carretera va pegada al mar, ofreciendo vistas espectaculares de playas y acantilados, y lugares peculiares para pasear. En Punakaiki las formaciones rocosas calizas parecen pasteles, y en Truman Beach entiendes lo que sería una playa en Marte. Todo bajo la impresionante silueta del Monte Cook nevado sobre el horizonte del mar. Al señalárselo a una señora que miraba en dirección contraria, me contestó que no podía ser, que debían ser nubes pues siempre está nublado. Le insistí y le ofrecí mirar por el teleobjetivo, pero estaba tan segura de que eran nubes que declinó. Hizo honor al refrán “no has más…”

Costa al norte de Greymouth

Costa al norte de Greymouth

La garganta del Río Buller está llena de antiguos yacimientos mineros que murieron al acabar la fiebre del oro y que la naturaleza ha reclamado con fuerza (En White Creek se puede ver la falla de 4,5 metros que se generó en el epicentro del terremoto de 1929). Al coronar el puerto se desciende hacia la costa norte de la isla sur a través del valle de Motueka, pintado ya con los colores del otoño. Es la zona frutícola del país, y la carretera está llena de casetas donde puedes coger la bolsa de fruta dejando unas monedas. Sólo en un país como éste, donde la corrupción es casi desconocida, puedes encontrar fruta y monedas en mitad de la nada.

Goden Bay en Takaka

Goden Bay en Takaka

El paisaje de la costa vuelve a dar un giro y pasa a ser de bahías amplias y poco profundas, alternadas con playas encajonadas de arena dorada, a las que en muchas ocasiones sólo se puede ir en barco, especialmente en el Parque Nacional Tasman. Se acercaba el momento de cruzar a la isla norte en el ferry, y la isla sur nos despidió llorando tras muchos días de sol. Nelson y el precioso trayecto junto al fiordo de Queen Charlotte hasta Picton estuvieron pasados por agua. Siempre es bueno dejar algo sin ver para regresar a esta maravillosa isla.

Montes Cook y Tasman

Montes Cook y Tasman

Playa Wharakiri

Playa Wharakiri

Tauranga Bay

Tauranga Bay

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