Loading

Tallin

Tallin

Tallin

Nueva etapa en estos desconocidos paí­ses bálticos, pero ahora se le suma que el idioma estonio no se parece para nada a alguno conocido. Empiezan las dificultades para saber qué es lo que comes, por ejemplo.

Mis compañeros de albergue, Daniel y Atilio, italianos, me llevan a Tallin en coche. Nos alojamos en otra residencia estudiantil un poco alejadilla, pero es que si vas por el centro los precios están por las nubes. Son 10 euros en una habitación compartida, con sábanas más cortas que la cama, a veces con rotos, y encima te las dan para que te la hagas tú. Y no te quejes, a no ser que hables estonio.

Tallin murallaLa ciudad merece la pena. Es la joya de las capitales bálticas, tal y como lo atestiguan las riadas de grupos que abarrotan el centro histórico. La mayorí­a han desembarcado de cruceros, y van con su color identificativo colgado, siguiendo un paraguas. Parece una escena colegial, con cara de agobio incluida del que se pierde de su grupo por comprar un souvenir fuera del tiempo estipulado para ello.

Plaza ayto TallinDos kilómetros de muralla, con sus 26 torres, rodean la parte antigua. Las callejas adoquinadas y las casas de colores te transportan a tiempos medievales, ayudado por los camareros de algunos restaurantes en sus vestidos de época. Y es que todaví­a está en uso la farmacia más antigua del mundo, ya citada en 1422, auanque ahora se pueden pagar con visa las aspirinas. Y el ayuntamiento está tal cual se construyó en el siglo XV.

TallinLa zona del antiguo castillo, hoy sede del parlamento, está elevada y te permite disfrutar de las torres, recortándose por encima de los tejados, mientras ves cambiar los colores a medida que se pone el sol con el Báltico de fondo. Destaca la aguja dela Iglesiade San Olaf que, según cuentan por aquí­, cuando en el 1500 llegó a sus159 metros, fue el edificio más alto del mundo hasta 1625. Pero si miras hacia el sur, cambias el estilo germánico de las iglesias, por las cúpulas doradas de la catedral Nevski, dejando ver que nos acercamos cada vez más ala Rusiaortodoxa.

La historia de estos paí­ses ha estado ligada a la evolución de la lucha de poder entre las potencias de la zona: Suecia, Alemania y Rusia. Se suceden episodios de invasión, independencia, ocupación y reindependencia, siempre marcados por guerras, tratados secretos y, por fin, parece que paz. El último episodio, el de la reindependencia de Rusia, se desencadenó cantando en uno de los festivales tradicionales, y se consolidó por medio de una cadena humana que unió las tres capitales bálticas, separadas por600 kilómetros, con una participación de dos millones de personas. Fue el renacer de unos paí­ses desconocidos para mi generación que, como mucho, se relacionaban con equipos de baloncesto, pero que se están abriendo un hueco en el panorama internacional, más allá de los concursos de Eurovisión.

Plaza ayuntamiento TallinSiempre pasa igual. Cuando ya empiezas a conocer gente de la ciudad, te tomas tus primeros vodkas con pepinillo entre colegas, y empiezas a sentirte como en casa, llega el momento de seguir camino. Esta vez tocaba entrar a Rusia. Reconozco que me daba respeto cruzar esa frontera. Esto es lo que escribí­ en mi diario en el autobús al dejar la estación camino de Rusia:

“Dí­a gris, chispea. Las luces de los coches también están tristes. Nadie habla. Los que se despiden tienen caras largas. Ni una sonrisa. Besos frí­os entre hombres. El niño de delante de vez en cuando hace algún ruido que llena el silencio. El conductor va cogiendo los billetes sin mediar palabra. Arranca. Nadie se inmuta. Alguien llega corriendo, tarde. ¿Sera latino? Tampoco habla. Qué dura sensación de frí­o humano. Por fin nos vamos y alguien en el andén levanta pesadamente la mano y tras media vuelta se aleja rápido, arropándose bajo la lluvia. San Petersburgo me espera.”

LEAVE A COMMENT


*