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Sri Lanka, por casualidad

Playa del oeste de Sri Lanka

Sri Lanka, por casualidad

¿Sri Lanka o Ceilán? Los cambios de nombre de esta pequeña isla han sido tan numerosos, que uno no sabe con cuál quedarse. El que más me gusta es Serendib, como la conocían los antiguos navegantes árabes. En los cuentos persas Los tres príncipes de Serendib sus protagonistas hacen descubrimientos por azar, y de ahí Horance Walpole acuño el término serendipity. Para mí Sri Lanka ha sido eso, un tesoro inesperado, descubierto por casualidad, al que fui curioso por ver los paisajes en los que transcurre parte del Ramayana.

Atardecer en Hikkaduwa

Atardecer en Hikkaduwa

El recibimiento no fue de lo mejor. El conductor del tuktuk me intentó timar hasta en tres cosas distintas en el camino del puerto a la estación de autobuses. Habíamos decidido ir directamente a las playas del sur y saltarnos Colombo. El autobús tenía una pantalla plana que ponía imágenes a la música a todo volumen mientras íbamos a velocidad de carreras por una carretera paralela a la costa. Las playas vírgenes de postal ya no parecían recordar la tragedia que se vivió en el maremoto de 2003. Las imágenes que dieron la vuelta al mundo de un tren arrollado por la fuerza de las olas eran de este mismo trayecto, pues las rutas van paralelas. Iba tranquilo. Los 7 budas y Ganeshas rodeados de luces de colores encima del conductor nos protegían. Las cosas van mejorando para este pequeño país. Tras más de 20 años de guerra civil, la paz puede traer tranquilidad a la población y turismo que relance la economía. Al menos hay potencial para ello.

Soltando la pesca en Mirissa

Soltando la pesca en Mirissa

Las playas de Hikkaduwa, Unawatuna y Mirissa son de esas que cuelgan en los carteles de las agencias de turismo. Arena blanca y mar turquesa. Pero el peligro se esconde en las corrientes que cada año se cobran alguna víctima que no puede regresar a la orilla. Por si acaso no dejé de hacer pie, cosa nada fácil con el oleaje que hacía las delicias de los surfistas. Mirissa estaba más tranquila, y es la que menos urbanizada está. Es la que más me gustó, a pesar de que los policías patrullaban la playa con sus fusiles kalashnikov al hombro. Por la noche las antorchas iluminaban la playa y los restaurantes sacaban los exhibidores de pescado para que elijieras, tras la consabida negociación del precio, el que querías que te asaran. Si la mesa estaba cerca de la orilla, alguna vez las olas bañaban los pies de los comensales dando una agradable sorpresa.

Templo budista de Galle

Templo budista de Galle

En esta parte de la costa los pescadores se suben a palos clavados en el agua para pescar desde allí. Es la foto de portada de todas las guías del país, pero yo sólo vi los palos vacíos, luchando contra las olas. En medio de las playas se encuentra el antiguo puerto de Galle, y su fuerte. El pasado colonial holandés y británico se nota todavía al pasear por sus calles, y algunas de las casas que se pueden visitar son verdaderos museos de muebles de la época. Escribanos, notarios y abogados siguen haciendo su trabajo en edificios en los que todavía cuelgan pizarras de siglos pasados informando de la llegada o salida de los barcos. Hay templos de todas las religiones, pero curiosamente tanto las mezquitas como los templos budistas parecen iglesias en su exterior, y sólo al fijarte en los detalles aflora su verdadera religión.

Playa del oeste de Sri Lanka

Playa del oeste de Sri Lanka

Los días de Sri Lanka fueron verdaderas vacaciones, no tanto por la playa, sino porque aquí nos reunimos con Fernando y Benito, dos amigos de Zaragoza con los que íbamos a explorar el interior del país. Fernando se ofreció a llevar la batuta de director del grupo y se encargó de las negociaciones y búsquedas de alojamiento con Adriana, por lo que por unos días me llevaban de viaje, y me quedaba con las mochilas esperando que me dijeran en qué hotel íbamos a dormir, o cuánto costaba al final ese maravilloso pescado. Un auténtico descanso.

Vista de la llanura desde Ella

Vista de la llanura desde Ella

El interior de Sri Lanka es montañoso y ofrece unos paisajes muy atractivos para hacer caminatas entre el frondoso bosque tropical en el que los pinos abundan sorprendentemente. Para quien le gusten las cascadas hay variedad para elegir. Y para disfrutar con tranquilidad basta pasearse por las plantaciones de té. Era la primera vez que veía la famosa plantita. Las colinas parecen ondularse alfombradas de este pequeño arbusto, y las mujeres recogiendo los brotes verdes le dan el punto de color. El pueblo de Ella está en el comienzo de la meseta, y desde un pico de los alrededores se puede ver la diferencia de altura entre la llanura, mil metros más abajo y los campos de té. Enfrente se levanta la roca de Ella, bajo la cual está la cueva de Rawana, lugar donde el demonio de Lanka retuvo a Sita, la esposa de Rama según cuenta la leyenda del Ramayana.

Recogiendo té en Ella

Recogiendo té en Ella

Nosotros fuimos a Ella para tomar el viejo tren que atraviesa las plantaciones de té y que se supone ofrece un paisaje magnífico. Pero estaba nublado y sólo vimos árboles recortándose en la niebla. Y desde entonces la lluvia nos acompañó el resto de los días de viaje. Al menos disfrutamos del trayecto en el viejo tren, terminado en 1870 y que todavía tiene las mismas estaciones sin modernizar. No había más que tercera clase, sin baño, con asientos de madera y agujeros en el suelo desde los que se veían las traviesas. Puede que también fuera uno de los vagones que inauguró la vía. Como la velocidad rara vez supera los 30 km/h no había nada que temer. Para los que nos gustan los trenes es un perfecto viaje en el tiempo. Para redondear la experiencia al final del viaje cogimos el tren para volver a Colombo y me invitaron a la locomotora. Cosas así sólo pasa en países como éste. Y el maquinista me dio nuez de Betel para que mascara con él. Me pegué echando saliva roja un buen rato.

Tren de Ella a Haputale

Tren de Ella a Haputale

Lloviendo llegamos a Nuwara Eliya, la estación de montaña que fundó en 1846 Samuel Baker, el descubridor de las fuentes del Nilo, para que los británicos pudieran escapar del calor tropical. Su altura es de casi 1900 metros sobre el nivel del mar, y la verdad es que tras tantos días por el trópico es agradable tener la sensación de fresquete por la noche. Da gusto volver a dormir sintiendo el peso de dos mantas y ducharte con agua caliente que deja el cristal del baño empañado.

Hill Club en Nuwara Eliya

Hill Club en Nuwara Eliya

Los terratenientes del café construyeron enseguida aquí su club social, con estrictas reglas de etiqueta al más puro estilo británico, su hipódromo y su campo de golf. Los hoteles, de estética británica, tienen sus pubs y sus mesas de snooker, tan auténticas o más que las del mismísimo Londres. Hasta el clima es el mismo. Tanto recuerda a su antigua metrópolis, que viendo un partido de cricket bajo la lluvia, sólo los saris de un par de mujeres desentonaban del cuadro colonial. Al ir a cenar y ver en el menú ternera, no lo dudé. Llevaba meses sin más carne que el pollo, y mi estómago se preparaba para el festín. Al llegar el plato, la supuesta ternera estaba carbonizada y era del tamaño de la que se pone en los pinchos morunos. Vaya chasco. Deberían poner en la carta verduras salteadas con virutas de ternera chamuscada.

Cricket en Nuwara Eliya... o Inglaterra

Cricket en Nuwara Eliya… o Inglaterra

No sabía que la antigua Ceilán era tradicionalmente productora de café. La historia del té es más bien reciente. Todo fue debido a un hongo que atacó las plantaciones de café en 1879, obligando a buscar alternativas. Fueron dos escoceses los que le dieron un giro de 180 grados al cultivo de la isla. James Taylor decidió probar con el cultivo del té, y a Thomas Lipton se le ocurrió venderlo en bolsitas a finales del siglo XIX. Eran los primeros pasos de un negocio que mueve millones. Ahora se pueden visitar las antiguas plantaciones y ver el procesado del té además de disfrutar del precioso paisaje.

Monje en Kandy

Monje en Kandy

La siguiente parada fue Kandy, la antigua capital cingalesa. Allí se encuentra el templo que custodia una de las reliquias más veneradas de Buda, su diente, salvado in extremis de la pira funeraria, y que da derecho a gobernar la isla a aquél que lo posea. Se enseña en momentos determinados del día, entre sonidos de tambores y flautas, y la gente espera vestida de blanco para hacerle su ofrenda. Me recordó a la puja que vi en Orcha, aunque en este caso era hinduista. Eso me reafirma en la sensación de que la vivencia espiritual cotidiana de la gente de todas las religiones es muy parecida. Una de las curiosidades del recinto es el museo dedicado a un elefante que fue muy popular por llevar la reliquia en procesión por la ciudad. Cuando murió decidieron disecarlo y exhibirlo en ese pequeño museo, en el que también está, para no faltar a la tradición, uno de sus dientes.

Cueva en Badulla

Cueva en Badulla

Al norte de Kandy hay dos lugares muy interesantes, y que visitamos bajo la lluvia, para no variar. Uno son las cuevas budistas de Dambulla, con más de 150 figuras de buda distribuidas en cinco cuevas llenas de pinturas, y que recordaría a Ajanta en India. Y el otro es Sigiriya. Alrededor de un solitario peñasco hay ruinas de lo que fueron edificios y piscinas, diseminados entre un bosque frondoso. En la roca, colgadas a mitad de cortado hay unas pinturas centenarias de mujeres misteriosas con los pechos desnudos. No se sabe con certeza si el lugar era un palacio o un monasterio budista, pero lo que no hay duda es que es un sitio distinto a todos. En lo alto de la peña están los restos de edificios de ladrillo, rodeados de jardines escalonados, que parecen colgar de verdad sobre la llanura verde que rodea la peña. No sé cómo serían los de Babilonia, pero ahora me hago una idea de lo que pueden ser unos jardines colgantes. Lástima de nubes para disfrutar totalmente del paisaje.

Jardines colgantes en Singiriya

Jardines colgantes en Singiriya

Los mercados de Kandy tienen infinidad de frutas de distintos colores y sabores que los vendedores no se cansan de darte a probar. Hombres vestidos elegantemente con sus longi contrastan con los vestidos naranjas de los monjes con llamativos paraguas amarillos. Parece que el tiempo no avanzara en este país, que sin embargo fue el primero en tener una mujer como primer ministro. El hotel en el que nos alojábamos tenía ese encanto decadente de un interesante pasado colonial, con un amplio balcón en el que los viajeros compartían sus historias. Sólo un pero. Como pasa desde tiempos inmemoriales en algunos alojamientos: tenía chinches y pasamos una noche muy entretenida en su compañía. Fue una despedida poco apropiada para un país que tan buen recuerdo me ha dejado.

Singiriya

Singiriya

Pintura en Singiriya

Pintura en Singiriya

Buda reclinado en Badulla

Buda reclinado en Badulla

Estación de tren en el Hill Country

Estación de tren en el Hill Country

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