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Mensaje navideño en directo

Mensaje navideño en directo

En un viaje largo pierdes completamente la noción del tiempo. Todos los días son sábado. Es decir, hoy no tienes que trabajar y al día siguiente tampoco. Y el día del mes…, eso ni idea. Pero ni en la musulmana Malasia uno queda a salvo de las navidades. El árbol de Navidad más grande que he visto en mi vida ha sido el de las Torres Petronas, como si no tuvieran bastante con ser el edificio más alto. Y también se nota en los correos que se reciben…, así que, aprovechando la costumbre, he pensado en saltarme el ritmo de crónicas  y escribir mi «mensaje navideño» para contaros las últimas novedades del viaje.

Como habréis podido ver, el ritmo de las crónicas va un poco retrasado respecto del viaje real que aparece en el mapa de la página. La razón es que las conexiones en la mayoría de los cibercafés son pésimas, por no hablar de teclados y otros problemas añadidos. Sacar las fotos de la cámara, encontrar conexión decente para mandar imágenes o programas para reducirlas es muy difícil y, sólo de vez en cuando, se presenta la oportunidad. Así sucedió que el ritmo casual de una crónica semanal a principio de semana quedó refrendado por lo que votásteis en la encuesta, aunque se perdía la frescura del «directo». Estamos trabajando para compatibilizarlo, y tras esta crónica reanudaremos el viaje que dejamos camino de Camboya.

Creo que es momento de presentar a quien está detrás de la página. Además del que escribe estas líneas, hay un equipo detrás que hace posible que lo que veis, esté como está. Alex, que fue el que in extremis diseñó la web. María, que es la que traduce a los caracteres españoles y encaja las fotos. José Luis, que se encarga de buscar más información de los países, así como links interesantes. Juantxi, con las traducciones al inglés. Y todos vosotros que, con vuestros mensajes de ánimo, me empujáis en los momentos en que uno mandaría los ordenadores, el disco que se borró, o la conexión que se cuelga, al infierno.

También hay una sección que está infrautilizada, que es la de viajes de mis amigos. Es una forma de llamar a un lugar en el que la gente, me conozca o no, pudiera contar sus experiencias viajeras, con el afán de animar a más gente a ver mundo, pues, al fin, ésa es la intención de la página. Y es que la página se pensó para, en la medida que se pueda, brindar un espacio web a otros trotamundos que vayan a realizar viajes largos y que los quieran contar a los que entonces estaremos en casa. Yo soy el primero, pero espero que alguien me siga. Ahí va ese reto, viajeros.

Y ahora hablemos del viaje. Han sido más de 30.000 kilómetros en tren, bus o barco. El equivalente a 25 días con sus 24 horas seguidas de viaje, para llegar hasta Singapur. Algunas jornadas eran interesantes, pero otras eran un suplicio que intentaba adornar con el romanticismo de imaginar que así sería en el siglo XIX… y que, si no, podía haber ido en avión, qué leches, así que a aguantarse y “sufrir”.

Por fin llegue al mítico puerto. Ahí estaba un aragonés, criado viendo el desierto de los Monegros, en medio de un bosque de rascacielos donde están las oficinas de las principales compañías navieras del mundo. Desde luego no era mi medio «natural». La idea idílica de pasear por el puerto preguntando a los capitanes si te embarcan, aquí no vale. Hay que pelearse en las oficinas. El primer intento fue con la compañía que, sabía, llegaba hasta Micronesia. Aunque la señora fue muy amable, no fue muy alentadora: “es imposible, nadie te va a llevar». Tras agotar las direcciones que tenía, empezó la busca y captura del Shipping times, un periódico que registra el tráfico portuario, pero que durante un día no pude encontrar en ningún kiosco. Menos mal que un chaval avispado me dijo que iba dentro del Singapur Times, que si no aún lo estoy buscando.

“Llama aquí»; «pregunta allá»; «no va directo»; «lo siento señor, no aceptamos pasajeros”; “los capitanes están siendo entrenados para combatir el terrorismo y no aceptan nadie a bordo”; “el capitán no se va a arriesgar, y que la compañía lo despida…” Parece como con los budas en los templos: la misma esencia, pero presentada de diferente manera. En fin, que si no tienes padrino no te bautizas. Me quedaban dos últimos cartuchos. Uno, llegar hasta Filipinas a través de Indonesia, la parte malaya de Borneo y Brunei. Otro, volver a Malasia y hablar con la oficina central de Hublines, que sirve Micronesia, y que eran los que podían autorizarme pues la compañía era malaya.

Indago las necesidades de visados para ir hasta Filipinas y las conexiones de Ferry entre Indonesia, y desde Sandakan a Zamboanga. En estos casos, uno se da cuenta de la suerte que tuvo Manu Leguineche cuando hizo su vuelta al mundo en 81 días. Un viaje así con una oficina que te respalde en España sería la mitad de costoso. ¡Menos mal que ahora está internet! Resumiendo, tendría dos días para atravesar la parte Malaya de Borneo, pero llegaría a Zamboanga, que es uno de los sitios donde no le dirías a tu madre que vas de viaje. Debido a la guerrilla, es uno de los centros fuera de control del gobierno. Además, al llegar a Manila tenía que volver a pasar por lo mismo, con la salvedad de que ahí sólo habría un capitán para «convencer». No lo veía claro.

Me decidí por la opción dos. Pero no podía irme de vacío de Singapur, así que como parte del intento para que la web vaya más al día, acabé comprándome un pequeño portátil, que además me permitirá (si llega a España) presentaros las diapositivas del viaje. Vuelvo a Malasia, mi último cartucho, y amablemente recibo la misma repuesta de siempre. «Sorry, sir, no passangers allowed on our ships».

No voy a decir que se me vino el mundo encima, pero sí que me invadió una sensación de tristeza. Todo esto para nada… Como buen cabezón aragonés, planteé mentalmente otra vez lo de Filipinas sin embargo esta vez no llegaría a Manila antes de acabar el año, y entonces seguro que llegaba tarde al colegio de Micronesia. No había otra opción que rendirme a la evidencia y abandonar el siglo XIX. Estás en el XXI, y aquí hay que volar.

Me encontré de repente vacío. Sin ilusión. Pero el positivismo se encendió rápido. No hay problema. Llegar a Micronesia es un paréntesis en la vuelta al mundo. Vuelas allí, y vuelas de regreso al continente para reenganchar la vuelta al mundo por superficie. El problema, ahora, es encontrar un carguero para cruzar a cualquier destino de América; misión mucho más fácil que ir a una diminuta isla del Pacífico. Además, hay meses por delante y algún contacto saldrá, quizás de algún lector desde España. Y en el peor de los casos, uno sube hasta Rusia y trata de cruzar hasta Alaska.

Me empecé a animar. Incluso miraba con otros ojos las islas de Indonesia. Las veía como una puerta que se me abría para futuros viajes, con todo el Pacífico Sur que se esconde detrás. Pero la alegría duró poco. Había que ponerse a buscar billete de avión para Chuuk, y la cosa no estaba fácil en Malasia. Tenía que volver a Tailandia lo antes posible. Y entonces, el lector de cedé nuevito deja de funcionar. Además, ese mismo día se me caga un pájaro encima. Vaya día. Así que me toca volver a bajar 11 horas de nuevo hasta Singapur; pelear para que me lo cambien (tras tres horas de probatinas) y, encontrar algún billete que me saque de allí en medio de las vacaciones escolares. De momento voy en un minibús por algún lugar entre Kuala Lumpur y la frontera Tailandesa, y ya os contaré dónde paso por fin las navidades. Intentaré que sea en algún lugar como el de las fotos que os mando para alegrar el invierno.

Así que, parafraseando alguno de los mensajes que me han llegado, para los que os guste la Navidad, que la disfrutéis, y para los que no os va, que se pase pronto. De todas maneras, que el cambio de calendario (en menos de medio mundo, no creáis) os traiga buenas cosas.

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