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La Península Malaya

La Península Malaya

Tenía que jugarme hasta la última carta, así que puse rumbo a Singapur en busca de ese carguero que me llevara a Micronesia. Sabía de un par de compañías que ofrecían el servicio a Chuuk, así que al menos ya tenía un punto de partida para empezar a preguntar.En el camino tenía que atravesar la parte continental de Malasia, un país misterioso para mí, que por la marcha de las cosas me veía obligado a cruzar, y que ofreció un interesante contrapunto musulmán al viaje.

Malasia es el resultado de la unión de diversos sultanatos en la Península Malaya y en el norte de Borneo, y su población es una amalgama étnica. En pocos países se mezclan como aquí el hinduismo, el Islam y el budismo chino. Por un lado, están los nativos malayos, que son los que ostentan el poder político, y de mayoría musulmán. Por otro, los indios que trajeron los ingleses como mano de obra en tiempos de la colonia, y que aportan el colorido hindú. Y, finalmente, los chinos que emigraron al estrecho de malasia, y que poco a poco se hicieron con el poder económico. Durante un tiempo Singapur fue parte del país, hasta que la mayoría china de la población no aguantó más los dictados con tintes islámicos de los malayos, y decidió lanzarse a la aventura en solitario, convirtiéndose en uno de los países más prósperos de Asia.

Pero yo estaba de paso. Mi objetivo era llegar a Singapur y ver qué pasaba con el barco y, por tanto, con el viaje. Era época de vacaciones escolares, y todos los autobuses estaban llenos, así que la primera parada fue Kuala Lumpur. Lo que no era más que un nombre misterioso, como la mayoría de los acabados en u, y sede del edificio más alto del mundo, me sorprendió con el colorido del barrio indio, la religiosidad del viernes musulmán y la bulliciosa omnipresencia china. A pesar de los numerosos rascacielos, frutos del reciente boom económico, el contrapunto colonial todavía está presente, y los terrenos del club social inglés constituyen la plaza central de la ciudad, alrededor de la cual los viejos rincones anclados en el tiempo se resisten a desaparecer bajo las excavadoras.

Pero la bonanza económica dejó su constancia en la zona moderna, con sus tiendas, amplias avenidas y rascacielos. Y por encima de todos ellos sobresalen las Torres Petronas, de perfecta simetría y símbolo de los nuevos tiempos. En su base está la sede de la Orquesta Sinfónica de KL y un gigantesco centro comercial, que me dejó claro cuál es la nueva religión de esta amalgama de culturas y religiones. A pesar de que ninguna de las tres religiones celebra la navidad, el nuevo culto al consumismo se ha impuesto, y los motivos navideños (pues era navidad cuando estuve por allí) inundaban todo, invitando al “placer de regalar”, a la vera del árbol navideño más grande que nunca haya visto.

La siguiente etapa me llevó hasta Malaca, la que en el siglo quince fue la ciudad comercial más importante del comercio con el lejano oriente. De todo ese esplendor y cosas asociadas, sólo siguen vivos los piratas, que regularmente siguen asaltando barcos inocentes que cruzan el estrecho, de igual manera que hace cuatrocientos años.

Pero un paseo vale para viajar rápidamente en la historia de esta interesante ciudad. Se puede visitar la reconstrucción del palacio de los sultanes malayos que dieron la prosperidad económica que atrajo a los portugueses y que, finalmente por la fuerza de las armas, les otorgó el poder. La puerta de Santiago, que formaba parte de la muralla, es lo que queda de esa etapa junto con alguna iglesia. A continuación llegaron los holandeses y construyeron el ayuntamiento y la iglesia en ladrillos rojos, que hoy ocupan el centro como una exótica alucinación. Y finalmente llegaron los ingleses, que se encargaron de salirse con la suya moviendo el tráfico comercial a Singapur, y desmotaron las murallas para evitar que ninguna otra potencia pudiera utilizar este magnífico puesto natural y hacerles la competencia. Así, Malaca quedó sumida en un dulce sueño que te envuelve cuando paseas por sus calles, cambiando de época como si pasearas por un parque temático, inundado de puestos de comida de tan diversos sabores como la diversidad cultural que todavía mantiene. Pero esto es real, no cartón-piedra. Bueno, salvo la reconstrucción de un galeón portugués de época que ahora decora el puerto.

Por fin llegué a Singapur, una isla de orden y limpieza en Asia, aunque tenga que ser a fuerza de multas exorbitantes. Al cruzar la frontera iba nervioso. ¿Estaré rompiendo alguna de las normas que todavía no conozco? Por si acaso cogí la bolsa que me ofrecían para el paraguas mojado que todavía goteaba antes de entrar al suntuoso edificio de aduanas. Y al pasarlo la recompensa fue… ¡¡volver a China!! A pesar de que se habla en inglés, mi subconsciente se vio afectado por reencontrarme con tanto carácter chino en todos los edificios, si bien la traducción al inglés en los menús permitió que mi estómago se encargara de tranquilizar mi mente.

Entonces empezó la busca de barco que cuento en la crónica “Mensaje navideño en directo”. Eso marcó mis días en Singapur y ciertamente no me permitió disfrutar de la ciudad como hubiera hecho en otras circunstancias. Creo que volveré pronto y empezaré desde aquí una incursión a Indonesia, hacia las islas de las especias, que tanto influyeron en la historia europea.

Aun con todo, pude admirar la arquitectura moderna que refleja el empuje económico de esta ciudad-estado, que floreció gracias a una favorecida situación en el mapa y a la aguda visión de Sir Thomas Raffles, que convirtió un privilegiado puerto fluvial en un pilar comercial del Imperio.

A pesar de ser uno de los mayores puertos del mundo no quiso llevarme nadie y, en el regreso a Tailandia, visité Penang, ejemplo del poderío económico que los chinos del estrecho amasaron con el comercio. Aunque se ha convertido en un destino turístico de grandes hoteles, amparo de sus playas, todavía conserva barrios de casas coloniales que le han transformado en estudio de cine de diversas producciones.

Los poderosos clanes chinos mostraban su riqueza en joyas como Khoo Kongi, lugar de reunión y oración familiares, pero más adornados que el propio Palacio Imperial de Pekín. Y como guinda del pastel, la mansión de Cheong Fatt Tze, que la película “la mansión azul” utiliza como estudio y que ejemplifica la historia de los inmigrantes chinos al estrecho. Poco a poco se fueron convirtiendo en poderosos comerciantes, para pasar a ser la élite económica del país.

El resto de la historia ya la conocéis y la podéis seguir en las crónicas anteriores haciendo cliq en el mapa. A partir de ahora comienza el regreso a España “on line”.

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