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La isla de Weno, en el atolón de Chuuk

La isla de Weno, en el atolón de Chuuk

Al vivir aquí, me doy cuenta de lo ambicioso de mi idea de llegar a Chuuk sin avión. Llegar barcos llegan, pero cuándo llegan y de dónde vienen parece uno de los retos más grandes que se le pueden plantear a un adivino. Está a desmano de las grandes rutas desde el tiempo de los exploradores españoles, y hace menos de doscientos años que la sacamos a la fuerza de su apacible aislamiento. Hoy un vuelo diario la comunica con el resto del mundo, por medio de innumerables escalas, gracias a una pista de aterrizaje construida sobre terreno ganado al mar. Son las ironías de la modernidad. Lo que antes le protegió del mundo se ha convertido en su puerta principal de entrada.

Cuando me explicaron qué era eso de sopa al “estilo del Pacífico”, el nombre no podía ser más acertado: “mucha agua y poca cosa sólida, como la geografía de este lado del mundo”. Y es que Micronesia tiene una extensión en agua parecida a Estados Unidos, pero sus más de dos mil islas juntas no llenarían un cuadrado de 60 Km. de lado. Yo tengo la suerte de haber ido a parar a una de las más atípicas de todas, Weno, en el atolón de Chuuk.

El volcán que originó el atolón de Chuuk está todavía a medio hundir, con lo que las partes más altas sobresalen como islas en su gigantesco lagoon, de casi 40 Km. de diámetro. Además de la decena de islas interiores, en el arrecife también hay  fotogénicas islas planas de náufrago, con lo que Chuuk tiene un poco de todo. Gracias a la barrera de coral que para las grandes olas, dentro del lagoon, el océano es realmente pacífico, incluso, a veces, completamente liso como un lago en el que sobresalen las islas vecinas. Por la tarde las motoras devuelven a sus islas a los que han venido a hacer recados a Weno, que es donde está el aeropuerto, el puerto, las tiendas, y la mayoría de la población del atolón. Este movimiento de lanchas te permite escapar los fines de semana a esas islas que, al recortarse en el horizonte durante la semana, te quitan un poco la sensación de estar en una isla. Pero esta parte la dejamos para otra crónica.

Weno es casi triangular, y la vida se concentra en torno a la carretera que corre paralela a la orilla; sólo en dos de los lados, con lo que el tercero todavía depende del transporte en motora y está casi despoblado. Un camino interior entre los dos lados principales los conecta con el hospital y otros edificios oficiales. Mi colegio está más allá del final de la carretera, en uno de los vértices, alejado de todo, con lo que nuestra vida transcurre ajena al resto de la isla. El estado del camino y la reputación del vecindario alrededor del colegio ayudan al aislamiento, así que mi inmersión en la vida isleña es inexistente, porque Xavier High School tiene una vida con personalidad propia, una mezcla de los seis estados que conforman Micronesia.

El clima es de ensueño. Unos 27 grados casi constantes, sin humedad pegajosa, y sólo alterados por esos chaparrones tropicales que parece que tengan prisa por vaciarse de agua para que brille otra vez el sol. Simplemente tienes que buscar un sitio para dejarlos caer cuando los ves y oyes venir. El resultado es una vegetación frondosa que se apodera de todo lo que no cuidas, y que provee de cocos y frutas del pan a los nativos desde hace siglos. Lo único que necesitas para vivir es un pedazo de terreno y, si te encuentras con ganas, pescar un poco para aumentar la ingesta de proteínas.

La tierra se convierte así en el objeto más preciado, y se hereda según un ancestral sistema matrilineal. Cuando un hombre se casa, pasa a vivir con el clan de su esposa, que es por tanto la que aporta la tierra. La pertenencia al clan es una de las cosas que marca la vida de los isleños. Dentro de él todo se comparte, e incluso, si alguno cobra salario, ayuda pagando los recibos de luz del resto que no pueden. Hay un hermoso sentido comunitario de propiedad, muy diferente a nuestro concepto de propiedad privada.

La economía local es de subsistencia, y el mercado no son más que cuatro cobertizos que venden pescados de colores, bananas y vegetales envueltos en hojas de plátano, con un aire tristón. Para el resto de cosas están los supermercados. A primera vista parecen como los de al lado de casa, pero enseguida te das cuenta de que algo falla. Los productos que hay dependen de lo que llegue en el barco. Y puedes encontrarte cualquier cosa menos lo que realmente venías a buscar. Ahora sé donde van las cosas caducadas, o los nuevos productos que no pegan en otros mercados. Nunca antes había oído hablar de 7up de cereza, Fanta fresa, Coke 2, o de tiza para billar rosa. He aprendido a aceptar lo que venga, y a alegrarme de encontrar un cepillo de dientes decente, o crema de afeitar, o de que bajen a comprar el día que llega el barco y así tener tomate fresco de hace algunos días.

¿Acaso no vine aquí porque quería tener la experiencia de vivir en una isla del Pacífico? ¿No quería descubrir qué hay detrás de esa imagen idílica de las pinturas de Gauguin? Si uno se deja llevar por una lectura en negativo, se lamentará de muchas cosas: de la cantidad de basura que hay por todos los lados, pues el progreso trae productos no degradables que no desaparecen fácilmente en una isla. De que, a pesar de tener depuradora, una avería hace trece años hace que se vierta directamente al mar. De que, para intentar conseguir más dinero, la gente utilice dinamita para pescar, aunque eso arruine su futuro. De que los alumnos acudan a un examen TOEFL, y el cuestionario no haya llegado porque el correo puede tardar un mes. De que los bomberos disparen aire a un incendio porque alguien utilizó el camión-cisterna para llevar agua a algún pariente del clan. De que los cortes de luz reflejen el nivel de los depósitos de fuel…

Pero luego están todas las cosas maravillosas que ciertamente corresponden a los estereotipos. Muchachas con melenas por debajo de la cintura y flores en la oreja, siempre sonrientes, con vestidos de colores brillantes, o faldas que se suben hasta las axilas si el calor aprieta. Señoras que dejan pasar el rato sentadas en la hierba charlando mientras los chiquillos corretean a su alrededor, con el pelo coquetamente recogido con peinetas a la antigua usanza española. Hombres con coronas de flores olorosas, o con collares multicolores que en un pispás componen con la cantidad de flores que crecen por todos los lados. Todo esto en un ambiente de tranquilidad y sosiego que reposa el alma y que, ciertamente, te hace olvidar el ajetreo con el que desgraciadamente nos hemos acostumbrado a vivir en el mundo “¿desarrollado?”.

Aunque el tópico que uno se imagina es que las islas están rodeadas de arena finísima, en realidad el manglar es el dueño de la costa. Y en cuanto uno prueba el cangrejo que vive en él, perdona el malentendido enseguida. De vez en cuando el manglar deja paso a un poco de arena. La mejor está en el extremo sur, junto al hotel Blue Lagoon, dónde se alojan la mayoría de los turistas que vienen a la isla atraídos por el buceo. Por si no fuera poco con los coloridos peces tropicales y corales, Chuuk cuenta con un atractivo especial, los barcos japoneses y aviones de guerra hundidos en la  segunda guerra mundial.

La flota combinada japonesa tenía su base en el atolón, y las islas están salpicadas de viejos cañones, búnkers, o edificios como el del propio colegio. Ante la boquiabierta mirada de los isleños, los barcos del Almirante Yakamoto descansaron plácidamente en las supuestas inexpugnables aguas del lagoon durante meses, pues ningún cañón de la época podía alcanzarlos desde fuera del arrecife. Lo que no contaban era que los americanos quisieran pagarle con su propia moneda, y que, a comienzos de febrero de 1944, dos días de ataque aéreo pusieran fuera de combate la base naval japonesa, con más de 50 barcos y cientos de aviones descansando en el fondo para deleite de los buceadores actuales. En pocos sitios puedes sentarte a pilotar un Zero, imaginándote que el sonido de las burbujas al salir del regulador son de la ametralladora, y darte cuenta de que el único enemigo que ves volar en el azul que te rodea son los peces de colores ajenos a tu película. Esto también es Chuuk.

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