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El viaje hasta “la Isla”

El viaje hasta “la Isla”

Tres de enero. Llegó el día. Hago la maleta por última vez y, milagrosamente, cabe todo dentro. De camino al aeropuerto miro con nostalgia los altos edificios de Bangkok. Es el fin de un capítulo que ha durado cinco meses. A la vez, es el comienzo de otro completamente desconocido. Pero esa parte excitante de enfrentarte a algo nuevo sólo la experimentas cuando te quedas solo. Únicamente al pasar a la sala de espera, desconectas de donde estabas y quién dejas atrás, para pasar a pensar en lo que vendrá.

En el Check in de Philippines Airlines parecen decididos a tomar protagonismo en este día señalado, y a hacerme sudar. El problema está en el tránsito por Guam, territorio Estadounidense. No ven claro que no necesite visado y, al no tener un billete físico que enseñar para mostrar cómo salir de ahí, se resisten a dejarme embarcar. Finalmente, una copia del correo de confirmación del billete electrónico y el sencillo permiso de entrada a Micronesia, más innumerables consultas telefónicas, me dan la tarjeta de embarque. Uff… No lo veía nada claro.

En la puerta de embarque pongo la mente en blanco viendo el constante movimiento de aterrizajes y despegues, hasta que llega el momento de subir al avión. Al montar, siento que dejo algo pendiente, un trabajo que tienes que posponer a medio hacer, pero, al echarle la última ojeada, sientes que volverás con la firme intención de terminarlo. Todavía no sé dónde ni cuándo, he de regresar a algún lugar de los que he visitado de Asia para retomar la vuelta al mundo, embarcándome en algún carguero y poner rumbo a América sin volar.

La cápsula aséptica del avión aterriza en Manila en el horario previsto, lo que según mis cálculos me permitía dar una vuelta por la ciudad. Al ir a por la tarjeta de embarque al mostrador de transito, se repite la misma historia que en Bangkok. Como si tuviera cara de terrorista o de quererme quedar a vivir en la dichosa isla. “Que no, que voy a estar viviendo unos meses en Chuuk, Micronesia. Mire, aquí está mi permiso de entrada. Para llegar allí tengo que volar vía Guam, y ese mismo día cojo el avión.” Tras las consabidas llamadas me dan por fin la tarjeta de embarque, pero me quitan la posibilidad de ver la ciudad. Soy escoltado a la sala de tránsito internacional, y me solidarizo con las top model en el duro trabajo de dejar pasar las horas en el aeropuerto. Eso sí, a mí me toca hacerlo fuera de la zona vip.

Para acceder a la puerta de embarque hay que pasar un exhaustivo control de seguridad. Tienes que abrir todas las bolsas que lleves. Si llevas ordenador o cámara de fotos, tienes que hacerlos funcionar delante del agente, lo que, en los modelos desechables, equivale a hacerle una foto al funcionario para que vea el flash. Luego eres cacheado mecánicamente, y te tienes que descalzar para que te comprueben las suelas, aunque lleves chancletas. El premio, montarte en un avión destino territorio USA.

La clase turista se llama Fiesta class. Si no fuera por lo estrecho del asiento, el truco visual de la palabra te hace pensar que se han equivocado al darte el asiento. Luego llega la «aeromoza» con el cuestionario para entrar a Guam, en el que tienes que contestar si eres enfermo mental, si estás afiliado a algún partido comunista, eres proxeneta y cosas por el estilo. Por si acaso te dan una pista. “Si usted ha contestado afirmativamente a alguna de las anteriores peguntas, puede que no se le permita entrar a Guam”. Gracias por el soplo.

Con los cambios horarios aterrizamos a las 4:30 a.m. hora local. Me sorprende encontrar en los carteles “Imigrasion” o “riklamasion maleta” reflejo del pasado colonial español en la isla. Sin embargo, al policía de fronteras le sorprende ver un pasaporte español y me saluda en perfecto castellano. Me explica que les enseñan para tratar con inmigrantes latinoamericanos, su nueva preocupación. Todo transcurre sin problemas hasta que, al ir a estampar el sello, la media sonrisa se convierte en gesto serio. La casualidad quiere que haya elegido la página contigua al visado ruso, y entonces su “vieja preocupación” le hace cambiar el talante. Cuándo estuviste, cuánto tiempo, para qué, dónde…. Empieza a bombardear mi cabeza somnolienta y medio en sueño me imagino la escena con un foco alumbrándome a la cara. Cuando termino relatándole con detalles el porqué de la estampita rusa, finalmente me sella, pero elige otra página. Con lo “moderno” que hubieran quedado los dos sellos juntos.

El susto con el precio al ir a pagar el desayuno, aún me persigue en alguna pesadilla, acostumbrado al nivel de vida del sudeste asiático, pero se me pasa rápidamente al ir a buscar el billete electrónico. Según les aparece en la pantalla, el billete ha sido cancelado inexplicablemente. Nuevamente toca convencer al empleado de turno de que todo está bien, y por suerte resulto convincente. Eso no me libra de ser elegido, al embarcar, para un registro exhaustivo, que incluye además de lo de Manila, un análisis de las sustancias químicas recogidas con un papel en la superficie del portátil y de la cámara, buscando restos de explosivos.

Por fin estoy en la puerta de embarque del vuelo a Chuuk. Meses esperando este momento, el del último transporte a La Isla.  Mientras empieza a llegar gente, me acuerdo de los primeros instantes en los lugares donde he pasado largas temporadas. La inseguridad que sientes al salir por la puerta de llegadas y enfrentarte a cientos de rostros desconocidos, el vínculo especial que se establece con la persona que te viene a buscar, o los temas de las primeras conversaciones para evitar el silencio tras el «¿cómo te ha ido el viaje?» de rigor. En seguida la curiosidad me devuelve a la sala. Señoras con flores en las orejas, en graciosos vestidos de colores, se mezclan con muchachos con coronas de flores. Unos simplemente se saludan, y otros intercambian conversaciones de sonidos indescifrables. Ya estoy en Micronesia, al menos humanamente. ¿Será alguno de ellos alumno del colegio?

Aterrizamos de noche, así que mi primera impresión es la humedad tropical al bajar la escalera del avión. Al llevar permiso de entrada, hay otra fila distinta a los turistas, y tengo que indicarle al dormido funcionario que me selle el pasaporte, dándome una idea de lo relajadas que son las cosas aquí. Entre los equipos de buceo recojo mi maleta y abro la puerta para salir ante los interrogantes rostros, pero no veo nada. Finalmente, un joven se acerca por la espalda y me pregunta si voy a Xavier High School. Llegué.

Es tarde y estoy cansado, por eso me meto en mi cuarto pronto, y dejo para el día siguiente los descubrimientos. Ya tengo armario, mesa, lavabo en la habitación… en fin, casa. Al despertar, la vista desde el balcón de la habitación me corrobora que el sueño de tantas noches se ha hecho realidad. Estoy en Weno, Atolón de Chuuk, en una isla perdida de Micronesia en medio del Pacífico.

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