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Ecuador, volviendo al hemisferio norte

Cúpulas de la Catedral de Cuenca

Ecuador, volviendo al hemisferio norte

Entré a Ecuador engañado y con sueño. Habíamos pagado más de lo que pedían en otros sitios porque habían jurado que iba a ser un bus cama nocturno con baño, directo a Cuenca. Al final resultó lo que el resto de agencias nos avisaban: dos buses, uno para cada país. Ni baño, ni cama. Y como los buses ecuatorianos llevan la música a tope aunque sean las cuatro de la mañana, al llegar a Cuenca lo único que quería era irme a dormir. Bueno, y decirle cuatro cosas al que nos vendió el billete.

Cóndor andino

Cóndor andino

Y para completar el cuadro, llevaba dos días a base de suero fisiológico, sin poder tomarme un ceviche o un pisco de despedida. Tras más de un año de viaje, me pilló el primer “corre corre” serio, que tuve que liquidar con ayuda médica a base de antibióticos que me dejaron agotado por una semana.

Mercado en Cuenca

Mercado en Cuenca

Tras la aridez del paisaje peruano, llegar a Cuenca es un descanso para los ojos. Está rodeada de campiña verde, y sorprende la limpieza de las calles, la existencia de aceras útiles para caminar, y la cantidad de cafés con encanto al servicio de la comunidad de universitarios. El contrapunto indígena lo ponen las cholitas del mercado con sus sombreros de paja toquilla, conocidos internacionalmente como “panamá”, puesto que se hicieron famosos durante la construcción del canal, pero que se fabrican en Ecuador.

Parque Calderón de Cuenca

Parque Calderón de Cuenca

El centro histórico colonial tiene unos paseos muy agradables, con la vista omnipresente de las cúpulas azules de la catedral recortadas en el cielo gris. Iglesias coloniales están llenas a rebosar el domingo y las casas antiguas, muy pintorescas, están decoradas con unos colores que les dan un aire ligeramente distinto a las de Perú. Las entradas discretas dan a patios interiores llenos de plantas a los que se asoma la vida de la casa. Tuvimos la suerte de alojarnos en una de ellas pues ya en Chile nos habían dado el contacto de la familia López y efectivamente fueron tan encantadores como nos habían contado y nos acogieron como a uno más de la familia.

Lechonas en Otavalo

Lechonas en Otavalo

Las aventuras de Carolina, la hija, dan para escribir una colección entera de libros de viajes y me quedaba con la boca abierta escuchándola. Su amiga Lilli nos llevó a conocer los alrededores, y a degustar los manjares típicos de la zona en pueblitos como Gualaceo, donde el cerdo horneado compite con el cuy asado. Chordeleg es famoso por las joyerías de plata, pero a mí me llamó la atención la cantidad de casas lujosas vacías, construidas con las remesas de dinero de emigrantes, que esperan venir a disfrutarlas en la jubilación.

Lagos del Parque de Cajas

Lagos del Parque de Cajas

El paisaje del Parque de Cajas es único. Parece que alguien haya jugado a ir colocando lagos caprichosamente en todas las direcciones, sin que la geología tradicional haya podido imponer sus reglas. Por tanto es una visión inusual, bizarra, pero que cautiva. La leyenda dice que fue en uno de estos lagos donde Rumichaca, el general que llevaba el oro que faltaba para el rescate de Atahualpa, decidió esconderlo al enterarse de la ejecución del Inca. Aún hoy lo buscan con la esperanza de que la suerte les cambie la vida.

Palacio en Cuenca

Palacio en Cuenca

A pesar de la distancia, Ecuador estuvo muy vinculado al imperio Inca y hoy todavía son muchas las personas que tienen el kichwa (evolución local del quechua de Perú) como primera lengua. Es habitual oírlo por la calle. No fueron muchos años de ocupación, pero la importancia histórica es grande. En Tomebamba, las ruinas inca-kañari de Cuenca, nació el Sapa Inca Huayna Cápac. En Ingapirka, más al norte, construyeron sobre la cuidad indígena kañari un templo del sol con la misma maestría encajando las piedras que la que puede verse en Cuzco.

Templo del sol en Ingapirka

Templo del sol en Ingapirka

Pero el carácter kañari no se sometió y cuando las tropas vencedoras de Atahualapa, con muchos soldados kañaris, entraron en Cuzco tras derrotar a Huáscar, saquearon los palacios de los descendientes de los Incas que los habían conquistado. Y cuando los españoles aparecieron en la escena, fueron nuevamente los kañaris los que se ofrecieron a ayudar para terminar con el dominio Inca, gracias a lo cual pudieron salvar los muebles cuando fueron atacados por los Incas en Cuzco.

Mar de nubes bajando a Guayaquil

Mar de nubes bajando a Guayaquil

Al bajar de los valles andinos a la costa hay que atravesar la capa de nubes que separa climáticamente esos dos mundos. El cielo azul da paso a un manto blanco que parece un océano algodonoso, pero que se transforma en un mundo gris cuando lo penetras. Más abajo las plantaciones de bananos monopolizaban el paisaje que ya se había oscurecido, y al salir del autobús el calor húmedo de Guayaquil me dio la bienvenida junto con Vero, la amiga de Adriana con la que íbamos a pasar unos días tranquilos, de descanso en familia.

Malecón 1900 de Guayaquil

Malecón 1900 de Guayaquil

A pesar de la fama de poco turística, Guayaquil tiene algunos rincones agradables para dar un paseo, fruto del esfuerzo del alcalde por recuperar las orillas del estero. Y fue el lugar donde más barato comimos de toda Latinoamérica. Por sólo dos dólares, sopa, pollo asado y jugo. En la parte histórica, cerca de una plaza llena de iguanas (en vez de ir a jugar con las palomas aquí los niños van a estirarles de la cola a las iguanas) está el monumento que conmemora el encuentro entre Bolívar y San Martín. Me hubiera gustado estar presente para saber exactamente que pasó. La rumorología dice que pudo haber alguna cuestión de faldas, pero lo cierto es que tras esa reunión San Martín, que había liberado los países del cono sur, cede el mando de su ejército a Bolívar y parte al exilio a Francia, del que sólo regresaría una vez muerto.

Amasando la melcocha en Baños

Amasando la melcocha en Baños

Para llegar a la cuenca amazónica teníamos que volver a atravesar la cordillera. Eso significaba curvas incontables y una parada en Baños, la capital de los deportes de aventura. Los vendedores de melcocha, una especie de caramelo amasado, dan el toque tradicional entre locales que venden liberar adrenalina con rafting, puenting y tirolinas por las que puedes tirarte en la postura que quieras; clásica, a lo superman, o con tu perro. En un momento de enajenación dije que si España ganaba la final de baloncesto de los juegos olímpicos a EEUU, me tiraría. Al final alquilamos bicis y recorrimos las cascadas del río Pastaza a los pies del volcán Tungurahua del que surgen las aguas termales que hicieron famoso el pueblo.

Volando en la tirolina, Baños

Volando en la tirolina, Baños

En la carretera que desciende hacia la cuenca amazónica un cartel animaba a comprar un terreno cultivable. La inclinación de 40 grados aquí en los campos no parece desanimar a los agricultores, e incluso se animan a levantar invernaderos, que no sé cómo se aguantan y no se precipitan al río con las lluvias. Al llegar a Puerto Misahualli, a orillas del río Napo, el calor era pegajoso y los vecinos se refrescaban en las orillas arenosas del río como si fuera una playa. En los chiringuitos de la orilla vendían el manjar local, el chontacuro, que fui animado a comer pensando que eran la deformación local del chontaduro colombiano, rico fruto de una palmera. Cuando me lo fueron a preparar y vi realmente lo que era, el tamaño de los gusanos me asustó. El hambre se me pasó de golpe.

Puerto Misahuali en el río Napo

Puerto Misahuali en el río Napo

Estábamos en la llanura amazónica, al norte del territorio que habitan los Shuar, conocidos como jíbaros y famosos en el mundo entero por la reducción de cabezas. La masa verde que tenía delante forma una planicie inmensa hasta llegar al Atlántico, llena de historias y leyendas. Uno de los últimos territorios salvajes del planeta. Aún hoy impresiona, así que imaginé el valor de Orellana cuando inició la primera travesía desde Quito a la desembocadura del Amazonas sin saber qué había al otro lado. Esa gente estaba hecha de otra pasta.

Río Napo hacia el Amazonas

Río Napo hacia el Amazonas

Nosotros nos adentramos un par de horas en canoa río abajo para pasar la noche y sentir el ruido de la selva. Daba gusto dormirse así. Cualquier paseo alrededor de la cabaña te asomaba a la diversidad natural que todavía queda a pesar de la destrucción que la presencia humana ocasiona. Caracoles del tamaño de dos pelotas de tenis, capibaras, tucanes, monos de todos los tamaños, mariposas Morphos, que detienen el tiempo cuando baten torpemente sus alas azules entre el verde intenso de la selva…

Dendrobates en el Amazonas

Dendrobates en el Amazonas

Todas estas cosas las había visto ya y lo que me sorprendió fue el árbol que llaman drago, y que cuando le hacen un corte suelta un líquido rojo como la sangre, y que me demostró propiedades cicatrizantes en una herida que llevaba hacía varios días. Impresiona ver sangrar a un árbol. También son curiosas las ranitas dendrobates, diminutas pero llenas de color, con un canto agudo como si fueran pájaros. Esa es la única forma de localizarlas entre el follaje. Pero lo que más me cautivó fue ver a los indígenas buscar oro en las orillas del río, como si fuera una escena del lejano oeste. Los días que no hay labores del campo pasan el tiempo lavando la tierra de las orillas para encontrar unas minúsculas pepitillas de oro brillando en el centro de la batea.

Buscando oro en el río Napo

Buscando oro en el río Napo

El calor de la selva daba paso al fresco de la sierra conforme volvía a subir hacia Quito. Qué complicada es la geografía de este pequeño país. Las elegantes cholitas de faldas aterciopeladas y sombreros de fieltro daban un toque indígena al entorno colonial de casas coloridas e iglesias profusamente decoradas. La restaurada iglesia de la Compañía soporta en sus paredes doradas kilos de pan de oro, mientras que la de San Francisco no ha tenido esa suerte y sufre el deterioro del paso del tiempo. A pesar de que falten imágenes y cuadros, su techo mudéjar es de los más bonitos, y la imagen del cristo del Gran Poder tiene poco que envidiar al de Sevilla.

Plaza de la Merced

Plaza de la Merced

Lo verdaderamente único de Quito fue el Palacio de Carondelet. No tanto por sus salones nobles, si no porque en sus pasillos se exhiben los regalos que le han hecho al presidente Correa a lo largo de su mandato diferentes gobiernos extranjeros. A diferencia de sus predecesores, estimó que eran regalos a la nación en él representada y no a su persona, por lo que los ha donado al patrimonio nacional. Allí hay porcelanas chinas y japonesas, filigranas indonesias con forma del templo de Borobudur, espadas de oro y diamantes venidas del Golfo Pérsico… material suficiente para abrir un museo. Con la que está cayendo, ¿serán necesarias estas cosas?

Interior de Santo Domingo, Quito

Interior de Santo Domingo, Quito

La amazonía había sido realmente la última meta del viaje. El modo “regreso” se había instalado ya en la mente y me notaba simplemente cerrando el viaje, volviendo a casa. Lo que quedaba era sencillamente quemar etapas que estaban en el camino. Por eso sólo dimos un paseo por el centro de Quito y obviamos otros destinos como el Cotopaxi antes de seguir hacia Colombia. Tras una parada en Otavalo, donde vi los primeros indígenas con dinero, fruto de años de comercio exitoso, nos acercábamos a la última frontera del viaje. Pocos kilómetros al norte de Quito pasaba el ecuador. Volvía otra vez al hemisferio norte tras más de siete meses en el sur.

Plátanos del mercado de Otavalo

Plátanos del mercado de Otavalo

Guacamaya

Guacamaya

Púlpito de La Merced, Quito

Púlpito de La Merced, Quito

Cúpulas de la Catedral de Cuenca

Cúpulas de la Catedral de Cuenca

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