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Christchurch, y las antípodas de Galicia

Centro comercial con contenedores en Christchurch

Christchurch, y las antípodas de Galicia

Siempre me han gustado los mapas, y de niño había un país que retenía mi mirada en el mapamundi: Nueva Zelanda me fascinaba. Era el lugar al que me llevaría un agujero que atravesara la tierra si empezaba a excavar en España. En cierto modo era el destino que hacía de meta en esta vuelta al mundo, el otro lado del globo, el punto más lejano. Como dijo mi amigo Juanma al llegar al Lago Ness en mi primer inter-rail. A partir de aquí todo será volver.

Atardecer sobre el centro de Christchurch

Atardecer sobre el centro de Christchurch

Con la llegada de google y los GPS se me chafó la ilusión. Tanto si excavaba desde Zaragoza, como de Calanda, mi pueblo, en ambos casos iría a parar al mar. Me consoló saber que Christchurch, la ciudad a la que llegaba, está en las antípodas de La Coruña, lugar que me es familiar. Lo que no sabía es que me iba a encontrar con una ciudad destrozada por los terremotos.

Efectos del terremoto de Christchurch

Efectos del terremoto de Christchurch

La llegada al aeropuerto fue chocante. Faltaba poco para las dos de la madrugada y tanto la oficina de información turística, como las tiendas, estaban abiertas. Lo hacen con cada vuelo que llega, sea a la hora que sea. Pero lo que me sorprendió más fue ver a la gente durmiendo en el suelo, pese a los carteles que lo prohibían. Ante mi pregunta el camarero me comentó que se hace la vista gorda, ya que desde el terremoto no hay muchos hoteles en pie en la ciudad. Con el run run del terremoto en la cabeza me acosté a los pies de un pingüino gigante de plástico para dejar que llegara la luz del día, en la que fue la noche más fría de todas las que he pasado en las islas.

Catedral de Christchurch, esperando su turno

Catedral de Christchurch, esperando su turno

Algún viajero que me había encontrado me había desaconsejado venir aquí, ya que la mayoría de los sitios turísticos habían desaparecido. Pero hasta que uno no lo ve con sus ojos no se puede hacer a la idea, y uno que es como Santo Tomás, y que además compra billetes que no se pueden cambiar, aquí que se vino. Y lo que se ve parece sacado de una película después del estallido de una bomba nuclear. Han limpiado los cascotes de las calles, pero el tiempo parece detenido. En las cafeterías las mesas todavía tienen los servilleteros encima, y los carteles con las ofertas para marzo de 2012 todavía están pegadas en los escaparates.

zona roja de Christchurch

zona roja de Christchurch

Eso es lo que se ve desde la valla que limita el perímetro en el que todavía hay edificios con peligro de derrumbe, y que tienen su destino marcado con símbolos incomprensibles en espray de colores en la puerta. Descifré uno: “clear”. El centro de la ciudad está cerrado y sólo se permite el acceso a los equipos de demolición. Llevan un año tirando edificios y han reducido la llamada zona roja a las calles donde los rascacielos resquebrajados todavía esperan su turno. En su retirada van dejando solares vacíos, testimonios mudos del pasado. Al pasar junto a ellos se oye decir “aquí es donde estaba un bar con una cerveza buenísima”, o “en este sitio daban el mejor fish & chips”, o “aquí fue donde murió la pobre mujer aplastada”.

Demoliendo Chrsitchurch como dinosaurios

Demoliendo Chrsitchurch como dinosaurios

Fue el mejor baño de humildad que he recibido en todo el viaje. Antes de llegar a Christchurch nos creíamos los más desdichados con la jugada del pasaporte de Adriana. Ahora se me encoge el estómago al pensar en lo que esta gente lleva encima desde hace un año. Muchas veces tuve que tragar saliva y respirar profundo mientras contenía los ojos que se me arrasaban. En poco más de un día agradecí haber aterrizado aquí. Había olvidado la jugada del pasaporte y había conocido a Kathryn y Mark, que nos abrieron su casa como si fuera nuestra y se convirtieron en perfectos cicerones, y nos transmitieron en primera persona cómo se vive el día a día tras el terremoto.

Centro comercial con contenedores en Christchurch

Centro comercial con contenedores en Christchurch

En realidad no fue un único terremoto. La historia empieza el 4 de septiembre de 2010. Un fuerte temblor sacude la ciudad, pero no causa ninguna muerte. Algunos edificios quedan tocados, la licuefacción inunda varios barrios, pero hay una sensación general optimista. Las réplicas se convirtieron en susto el 26 de diciembre, y culminaron el 22 de febrero de 2011 cuando la escala de Richter llegó a 7,1. Varios edificios colapsaron, y los muertos casi llegaron a 200.

Iglesia en Onuku con Mark y Kathryn

Iglesia en Onuku con Mark y Kathryn

Para acabarla de rematar, en junio otros dos fuertes temblores, separados en hora y media, pusieron la puntilla a la moral de la ciudad. Barrios enteros han de ser demolidos y Christchurch nunca volverá a ser la misma. Miles de personas han perdido algún familiar, su hogar o su negocio. Quien tenía seguro, cogió el dinero y si pudo se marchó a otro lugar. Y los que se quedan tienen que aprender a vivir con el futuro incierto de una ciudad y una economía destruidas, y bajo las constantes réplicas, que según el contador del museo eran 9789 cuando lo visité.

Surf en la península de Banks

Surf en la península de Banks

La desgracia aunó a la comunidad y la solidaridad tomó las calles para ayudar a la gente que salió de sus casas tan rápido como pudo, pero luego ya no pudo volver a entrar. Lo habían perdido TODO. En el mejor de los casos les permitían recoger lo que pudieran en 30 minutos. Solo pensarlo todavía me angustia. En otros casos, edificios que podían ser reparados, fueron derribados por error sin que sus propietarios, reubicados temporalmente en otros lados esperando los arreglos, se enteraran. Los que desesperados intentaban entrar a sus casas sin permiso para rescatar cosas eran detenidos y pasaban semanas en la cárcel. Sin embargo nada pasaba para los pícaros de algunos equipos de demolición, que daban buena cuenta del interior de los edificios antes de tirarlos mientras los propietarios impotentes veían cómo sus cosas aparecían a la venta en internet.

Calderos de balleneros en Akaroa

Calderos de balleneros en Akaroa

Aprovechamos los días de espera para conseguir la campervan haciendo excursiones por los alrededores de Christchurch. Visitamos la peculiar península de Banks, un antiguo volcán que alberga dos protegidos puertos naturales: Lyttelton, que también fue afectado por el terremoto y ha perdido la mayoría de sus edificios históricos, y Akaroa, histórico puerto ballenero que muestra con orgullo su pasado colonial francés, y en el que tuve mi primer contacto con la cultura maorí, visitando el marae (casa de reunión) de Onuku.

Focas en Kaikoura

Focas en Kaikoura

Al norte visité Kaikoura, con una preciosa costa en la que las focas dormitan plácidamente. Al entrar al interior las colinas se doraron con el pasto que alimenta los 40 millones de ovejas (10 por cada habitante) que tiene el país, y que los locales pastorean desde quads y todoterrenos. Al principio me sorprendió, pero es inteligente. Dirigen los perros desde los vehículos, y si algún animal se enferma, lo suben y ya está. Los cerdos sin embargo los tienen en campo abierto, con tiendas de campaña para que se protejan de las inclemencias del tiempo. ¿Será mejor así para el jamón? El paisaje subiendo hacia Arthur Pass fue una lección de geología viva. Llanuras aluviales que no tienen nada que envidiar a las de Ladakh en el Himalaya, y paisajes surrealistas como Castle Rocks que fueron utilizado en El señor de los Anillos. Un buen aperitivo de lo que es el resto de la isla.

Ovejas por todos los lados

Ovejas por todos los lados

Como todos los edificios históricos de Christchurch han desaparecido, el centro comercial Re:start, construido con contenedores para intentar revitalizar el comercio en el centro, se ha convertido en un peculiar reclamo turístico. Fui a verlo antes de dejar la ciudad. El día era soleado. Había un grupo tocando y una chica cantando ópera y me quedó la sensación de que había llegado el momento de volver a comenzar, a construir un futuro para esta ciudad que tanto me ha tocado. Al despedirme de Kathryn le decía que iba a titular la crónica “Christchurch, deja de temblar”. Al día siguiente de irme un temblor de 4,3 me hizo cambiar el título.

Castle Rocks

Castle Rocks

Ovejas y montañas

Ovejas y montañas

 

 

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