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Bagán y Lago Inle

Bagán y Lago Inle

El río Ayeyarwadi fluye tranquilamente desde Mandalay hacia el sur y es la única manera de viajar sin botar en el trayecto. Lo que en principio no era más que una manera cómoda de llegar a Bagán, se convirtió en una de las joyas del viaje. Desde el barco se puede descubrir la vida que transcurre junto al río. Los barcos transportando vasijas con sus velas cuadradas contrastan con las curvas de las pagodas que sobresalen sobre el verde de las orillas. Y en las paradas, cuando nos acercábamos a la orilla, inmediatamente se montaba un mercado bullicioso en el agua, donde las señoras intentaban vender sus viandas, sustituyendo la barrera del idioma con gestos graciosos.

De la grandiosa capital de Bagán quedan las murallas y cientos de pagodas, en distintos grados de conservación. Ante la posibilidad de caer enfermo de “pagoditis”, me lo tomé con tranquilidad, dejándome llevar por las circunstancias más que por la guía de viajes, con buenas siestas para dejar pasar el calor. Cierto que algunas son espectaculares, con frescos interesantes o cúpulas impresionantes, pero me llamaba más la atención el espectáculo humano de alrededor, reconfortado por los tranquilos paseos en bicicleta para ir de una a otra.

Hay una cierta crítica hacia la forma de restauración elegida, que algunos llaman directamente reconstrucción. Parece ser que las autoridades no están tan interesadas en el valor histórico de las ruinas como en aumentar el número de sitios fotografiables y, con ellos, el número de turistas que los visiten. Sin formación para emitir juicio, me quedo con los intrincados andamios de bambú que los recubren mientras duran los trabajos, una obra de arte en sí mismos. Siguiendo a los carros de bueyes que los nutrían de bambú, descubrí el puerto local, lleno de vida, donde los hombres en longyi jugaban a tirar con goma a una colilla como si fueran chiquillos, mientras que los chavalillos se dedicaban a negociar, intentando venderme los curiosos billetes antiguos de 15, 30 y 45 kyats.

Para llegar al Lago Inle no queda otra que aventurarse por las carreteras y cruzar hacia el este del país. En el camino, el Monte Popa ofrece una silueta pintoresca en lo alto de una peña, que anima a acercarte y subir para disfrutar de la vista. Lo duro aquí no son los cientos de escaleras, sino llegar arriba con los pies limpios. Hay cientos de monos y, cuando se ponen a encorrerse, parece que seas Indiana Jones intentando no pisar sus cagadas, mientras evitas que te quiten la gorra. Arriba el paisaje reconforta. Resulta curioso ver el sincretismo entre budismo y el chamanismo ancestral en los templos, pues el culto a los espíritus todavía está muy extendido. Antes de subir un puerto, el conductor paró para hacer una ofrenda «al espíritu de la guarda», y le pusieron una ramita en el retrovisor como protección ante accidentes.

La carretera empieza a ondular al acercarse al estado de Shan, hasta hace poco zona prohibida para extranjeros. Cuando llegas a Kalaw parece que hayas viajado de repente a una ciudad de los Alpes, pero en seguida el espectáculo de los niños volviendo del colegio en sus uniformes verdes jugando por la carretera te devuelve a Birmania. Todo lo que sube, baja y cuando, harto de camiones y curvas, me creía cruzando los Pirineos en el viejo Mont Repos de mi infancia, en vez del Pantano de Arguis se apareció el lago Inle.

Encajado entre montañas, es uno de los lugares más singulares que he visitado. No es muy profundo, así que los lugareños han desarrollado un curioso arte de pesca, encanastando al pez desde sus barcas y, una vez atrapado contra el fondo, arponeándolo. Pero para eso tienen que estar de pie, así que también han creado su propia forma de remar, empujando el remo con el pie, mientras se mantienen en equilibrio con el otro. Así que aquí los niños en vez de montar en bici, desde pequeños aprenden a remar de esta manera peculiar, pues las casas se levantan sobre palafitos, y la barca es indispensable.

¿Cómo puede ser que los tomates más famosos del país sean de aquí? Ver para creer. Con tierra que cogen del fondo y cañas, han construido jardines flotantes sobre los que crecen las tomateras, con la ventaja de que no hay que preocuparse porque se inunden con las lluvias, o regarlos si no llueve. Es gracioso ver cómo el verde se ondula cuando pasan cerca las lanchas otoras rompiendo la tranquilidad.

Recorrer en barca el lago es obligado, especialmente al atardecer, aunque las orillas tampoco tienen desperdicio. Una caminata por los pueblos de la ribera te descubre mercados llenos de vida y de color, donde los distintos vestidos delatan las diferentes etnias que han bajado de las montañas para proveerse de lo que sus huertos no dan. No es difícil encontrarlos. Sólo tienes que dejarte llevar por tu olfato, y enseguida llegas a la sección de pescado, con abundante variedad, ya sea fresco o seco. Las sonrientes vendedoras tienen las caras blancas por la tanaka y se protegen del sol bajo sus sombreros cónicos. ¿Cómo podrán aguantar tanto tiempo ese olor? También puedes refugiarte del bullicio en los templos de madera de teca que se asoman al lago, y desde los que puedes ver niños cabalgando sobre búfalos en el agua, sobresaliendo mágicamente sólo las cabezas.

Otro de los atractivos añadidos de la zona es que por la elevación, a la noche refresca. Cuando llevas una temporada en el trópico, dormir tapado con manta es una sensación muy agradable. Para desayunar agarras la taza con ambas manos y piensas en el anuncio de café de la tele mientras entras en calor. Desgraciadamente mi cuerpo relacionó frío con catarro, tras meses sin problemas. Eso me dio la oportunidad de descubrir qué eran los cuadrados blancos que en todo el sudeste asiático mucha gente llevaba en las sienes. Creía que sería algún tipo de acupuntura, pero se trataba de adhesivos impregnados de bálsamo de tigre. Son el remedio tradicional para el catarro, y las amables señoras del albergue se ofrecieron a colocarme uno cuando me vieron la cara una mañana. Funciona.

Del Lago Inle tocaba regresar a Rangún. El autobús tenía los últimos asientos reservados para equipaje, atados entre sí para evitar que se viniera encima de los pasajeros. Mi asiento inicial tenía el aire acondicionado, que dejó de funcionar años atrás, en el hueco para los pies, así que decidí arriesgarme a ir a la fila delante de los equipajes, bajo el altavoz por el que la música country americana era radiada a todo el autobús. En esta tesitura tuve que pasar mi última noche en Birmania, pero aún con todo, los sueños fueron agradables, tanto como la estancia en el país.

Al llegar a la capital intenté encontrar Internet. Tuve suerte. Tras dejar el pasaporte y rellenar un papel me ponía al frente de un ordenador después de dos semanas sin noticias del exterior. La sorpresa llegó al comprobar que Yahoo, Hotmail, e incluso el correo de la web no se pueden acceder por restricciones oficiales. Gracias a la gente me había olvidado de los gobernantes y su peculiar manejo del país, en especial en lo referente a las libertades individuales. Incluso una broma acerca de altos cargos oficiales puede llevarte a la cárcel por una temporada. Aun siendo importante, no quiero acabar de una manera tan seria. Birmania es uno de los países que mejor conserva el espíritu del sudeste asiático, y sus gentes te regalan todavía la hospitalidad que sólo viajeros de otros siglos pudieron disfrutar. A ver cuánto puede resistirse a la occidentalización.

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